ESCRITOS…


 

Estuve revisando papeles y encontré esto que publiqué hace mucho tiempo en otro blog. Uno que tuve y cerré, pero es curioso como lo escrito sobrevive en el tiempo y en mi ánimo.

Trata sobre la muerte de un mozo de “La Calesa”, restaurante en el que solíamos almorzar diariamente hace algunos años. Mi amigo Julio Romero ha muerto también, lo mismo que mi amigo Alfonso Maldonado. Deben estar reunidos con Daniel, mirando que las cosas por esta tierra parecen no cambiar, sólo acelerar su ocurrir. Transcribo aquí el texto, en homenaje reiterado a Daniel. Dios lo tenga en su bar privado.

DANIEL.

Hora me doy cuenta que ni siquiera conocía su apellido. Daniel era solamente Daniel.

En “La Calesa” atendía circunspecto, atento, amable.

Ahora me entero que ha muerto. Es decir que ya no estará allí cuando yo vaya. No me ofrecerá los garbanzos “con rienda” ni tendrá para nosotros ese arroz con pato único. Daniel ya no va a soportar las bromas sobre el fútbol que Julio y Alfredo le hacían.

Voy, vamos a extrañar a Daniel. Nos va a hacer una falta tremenda al entrar, al coger la carta, al pedir el almuerzo, al tomar el tercer whisky.

Va a estar ausente cuando pidamos el café y cuando llegue la cuenta.

No vamos a ver a Daniel en “La Calesa” aunque estoy seguro que él sí nos va a ver. Por eso voy a ir mañana a saludarlo. A pedirle que recomiende a Dios que vele por sus borrachos, como hasta ahora. Voy a ver a Daniel entre los cubitos de hielo de mi vaso. Ahora lo veo entre las lágrimas, que aunque no quiera, salen calladas.

Y es que se ha ido Daniel, nuestro amigo.

Con su sonrisa amable, con su modo de ser atento y reservado.

Chau, Daniel, gracias por el tiempo que nos dedicaste.

Gracias por tu sonrisa, por tu arroz con pato especialísimo, por tu silencio necesario. Cuando nos toque irnos, espero que seas tú quien nos reciba. Así sabremos que hemos llegado al lugar correcto.