PAÍS AZÁNGARO


Este escrito fue hecho hace mucho tiempo y lo publicó en su página editorial un periódico cajamarquino (“El Regional”) fechado del sábado l6 de Julio al viernes 22 del mismo mes del 2005, por una gestión de mi amigo Santiago Magill.  Muy poco parece haber cambiado en nuestro Perú.

PAÍS AZÁNGARO.

Curioso país el nuestro. Parece que nos esforzáramos por construir un Perú paralelo.

Uno como la imagen de un espejo, donde todo está al revés.

En lugar de dejar actuar a la justicia, la ejercemos por mano propia y claro, nos equivocamos y después “lo sentimos mucho” o damos la callada por respuesta.

Allí está el caso de Ilave, su alcalde asesinado parece que equivocadamente (como si hubiera asesinatos acertados) y sus asesinos “desaparecidos”

La masiva e incontenible falsificación de discos compactos, que ya ha conseguido que las disqueras formales abandonen el Perú, es “perdonada” por el alto costo de los originales y la excusa de ser una “industria” que da trabajo a muchísima gente.

Las marcas “bamba” que inundan el mercado de ropa, relojes y accesorios, son producto de la “viveza criolla” aliada a la viveza extranjera que produce falsificaciones a escala industrial y exportable , pasan piola porque hay que dejar trabajar, pues.

Ya no asombra que el funcionario público gane un concurso ídem con diplomas falsificados y experiencia inventada.

Los médicos con títulos fabricados en oscuras covachas se dan el lujo de recetar medicinas, que lógicamente son falsificadas y de hacer crecer traseros  inyectando lubricante para aviones, destruyendo tejidos, ilusiones y vidas.

Los que antes se llamaban tinterillos y eran así reconocidos, hoy son “doctores” que enmarcan títulos a nombre de la Nación y colegiaturas inexistentes en impecables oficinas.

El juez sentencia a favor del delincuente, el policía asalta al transeúnte y en la negación absoluta de su juramento, hay médicos que no atienden al paciente “hasta que no se solucione el justo pliego de reclamos”.

Espantamos turistas, dejamos que se pudran la carne, la fruta y la verdura en medio de carreteras rotas y bloqueadas, “porque no nos escuchan”. Y después nos quejamos de pistas destrozadas, de escasez de vituallas, del encarecimiento de la papa y ausencia de turistas.

En nuestro Perú-espejo todo está trastocado. La autoridad no manda, se hace escarnio del bueno y se ejemplifica con modelos por lo menos equívocos.

Se es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Son las malas noticias las que cuentan. Lo que importa es el circo y la bullanga.

Y en el jirón Azángaro, el verdadero, la policía entra y hace batidas que dan magros resultados, porque curiosamente los falsificadores han sido avisados y “volaron”. Pero lo hacen como las palomas  de la Plaza Mayor: vuelan un poquito, se alejan, se posan y esperan a que te vayas. Entonces regresan a pasearse por su dominio.

Lo mismo sucede con todos los lugares que venden contrabando y productos falsificados.  Las batidas y decomisos dejan puertas metálicas rotas, estantes vacíos, algunos contusos, un par de fugaces detenidos y la sensación de “ya pasó”. Un par de días después puedes volver a comprar tus discos pirateados, tus zapatillas bamba y tu ropa de marca hecha aquí nomás. Hasta el próximo round.

¿Tenemos que seguir así?  ¿Ese es nuestro destino?

Propongo que rompamos el espejo. Como a la Alicia de Carroll nos separa de la realidad. No importa que al romperlo nos vengan siete años de mala suerte. No podrán ser peores que los que estamos viviendo y que nos tienen así, en este país falsificado en el jirón Azángaro.