ME DUELEN LOS ZAPATOS…


Alejandrina decía que le dolían los zapatos. Mi amigo Lucho y nosotros, en general le decíamos que lo que le dolían eran los pies, a causa de unos zapatos incómodos, seguramente ajustados. Alejandrina asentía, pero en su fuero interno, estoy seguro ahora muchos años después, que a lle le le dolían los zapatos.

Alejandrina, empleada de la familia de quien ya hablé en otra parte, venía de Tembladera, en Cajamarca. Venía del campo donde seguramente en su infancia los zapatos eran una cosa incómoda y extraña. Ella consideraba que el dolor que sentía estaba localizado en los zapatos porque de seguro al quitárselos, luego de un rato dejaba de sentir dolores. Era eso: el dolor estaba localizado en unos malditos zapatos incómodos que de seguro compró por bonitos o por económicos sin fijarse bien que fueran adecuados. Total, los pies eran unos órganos de locomoción que le servían para ir de un lado a otro. Los zapatos eran simples fundas que hacían un poco más vistosa su presencia.

Alejandrina, una de las personas que con más cariño recuerdo, me contaba historias, me acompañaba a esperar el ómnibus del colegio, que me recogía temprano en la mañana y me regresaba por la tarde, cosa que yo hacía en una especie de parquecito descuidado, con un caminito de tierra y que hoy día ve levantarse en su terreno el edificio de la municipalidad. Si miramos al parque central de Barranco, veremos que el edificio original todavía existe y se ha convertido en biblioteca. Hace tiempo, mucho, que no voy a Barranco, pero el viejo edificio estaba pintado de un pueblerino color rosado suave, con acentos en blanco.

Pero volviendo a ella, de quien no tengo mayores noticias desde una llamada telefónica suya, cuando murió mi hermano (recuerdo aún su voz anegada de llanto al enterarse por mí de la muerte de Panchín), debe seguir viva, con muchísimos años a cuestas y según me contaron alguna vez confinada a una silla de ruedas. Su nombre me trae el recuerdo abrigado de una infancia en la que ella, silenciosa, fue co-protagonista. Como las veces en que bajábamos a “pescar”, premunido yo con sedal, anzuelos y cebo para los peces y sándwiches para nosotros. Bajábamos digo, hasta el mar, una verdadera excursión hasta las rompientes cercanas en realidad a la casa, pero dignas de una aventura para un chico como yo. Nunca pescamos nada. Mi impericia y lo que supongo era un apostadero equivocado, nos hacían volver con las manos vacías, pero con el corazón lleno.

¡Alejandrina! Que lejos veo los días de nuestras complicidades y qué cerca de mi corazón estás siempre

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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