A VECES NOS GUSTA SER IMBÉCILES.


Mirando la televisión veo que hay mucha gente que considera un “tsunami” que pone en peligro sus vidas, un espectáculo. Veo los malecones abarrotados, llenos de familias con niños incluidos, esperando. ¿Esperando qué?

¿Que una ola gigantesca haga estragos tales que la peor película de desastres se haga realidad?

Nuestro sentido de la desgracia y el peligro parece estar embotado.

Los reporteros de TV no podían creer lo que veían y escuchaban: gente que parecía asistir a una feria y opinaba que estaba ahí, cerca del mar, “para ver”

Y mientras tanto Japón buscaba a sus muertos y trataba de reponerse anímicamente, aunque fuera, de un terremoto y tsunami que trajeron muerte y destrucción.

Incluso, en algún lugar de la costa peruana, la policía tuvo que retirar a un grupo de borrachos de la playa, en salvaguarda de sus estúpidamente inconscientes vidas.

Sí, ya sé que muchos ciudadanos siguieron las indicaciones, pero los “pepe el vivo” de siempre dieron el tono negándose a acatar lo que se había organizado con tanto esfuerzo. Yo veía a individuos que ninguneaban el fenómeno mortal diciendo que “eran unas olitas, cuñao” y no podía creer que la estupidez humana llegase a tales extremos. A extremos que incluyen perder la vida.

Fenómenos naturales como este, no suelen avisar. Hoy hemos tenido tiempo para prever y salvarnos. No será así siempre.

No pueden opinar, pero pregúntenles si no les hubiera gustado ser avisados a los mil quinientos muertos (hasta ahora) del Japón. Estando preparados como parecen estar por vivir en una zona que tiembla regularmente y de la que las noticias dicen que soporta unos 500 sismos al año.

Todos, todos los especialistas dicen que el Perú no está preparado para resistir algo como lo de Japón. ¿Y como vamos a estarlo si a muchos peruanos el tema no les va ni les viene? Ni siquiera el peligro personal les importa.

“Dios es peruano” se dice y se sigue adelante. Se sigue así hasta que morirse es una realidad y perderlo todo, menos la vida, es considerado una bendición.