HOY…


La flojera me ganó hoy.

Pero para no dejar en blanco el espacio, pongo aquí un poema que tiene sus años: Está fechado el 21.11.95….

Tela color de bruma,

cintura de la tarde,

piedra miliar,

apócope de santo.

Saturnal.

Ropa vestida,

máscara,

disfraz de carnaval,

persona hendida,

púrpura milenaria.

Ámbar.

Suntuosidad drapeada,

colgadura en el muro,

orgullo de bordado

y pedrería,

máquina de mostrar.

Mujer.

BARRANCO, TIEMPO DE AMAR.


Este es un pequeño interludio entre las historias de Jacuzzi.

Se trata de mi primer escrito publicado. Ya dije que lo hizo el diario “Correo”, por mediación del “Cumpa” Donayre. Está fechado el 15 de setiembre de 1972. Tiene una ilustración que tiene que ver con el título, pero que no se asocia al texto para nada. La ilustración fue hecha en el periódico, porque la original, dibujada por mi amigo Germán Gamarra, se les perdió.

“Un joven narrador inicia la que esperamos sea larga y fecunda colaboración con este diario, cordialmente abierto siempre a los nuevos valores”.


BARRANCO: TIEMPO DE AMAR.


Hay muchas historias en mi infancia.

Vivíamos en una casa grande, llena de rincones oscuros y con vidrios de colores. De muchos colores. A través de los rojos se veía, porque eran transparentes, pero los otros eran “catedral” y solo dejaban pasar la luz.

En la terraza de abajo poníamos una colchoneta y nos tirábamos a leer chistes. “El pájaro loco”, “El conejo Oswaldo”, “El capitán Marvel”. También leíamos “El chico de las dunas” que tenía una cita de San Agustín pegada en la parte de atrás.

Entonces nos sentíamos en la hacienda, durmiendo bajo los árboles y pescando en el río.

A la hora de almorzar dejábamos abierta la ventana del comedor para que entrara el aire de mar. Lindo el comedor. Con su mesa de mantel de hule. La mesa tenía diversos sonidos. Nosotros escondíamos las espinacas, tratando que no nos vieran, en el bordecito de debajo de la mesa.

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Quizá tu te acuerdes de esos días largos de vacaciones en los que bajábamos a la playa y nos poníamos las zapatillas (“las de basquetbol no más hermano, mi mamá no me compra de las otras”), para que las piedras no nos aplastaran los pies.

¿Y los erizos? ¿Te acuerdas?

La señora gorda que se metía a poquitos bien agarrada de la soga y las olitas que hacía.

Las escaleras de madera y los rieles oxidados, llenos de musgo y pequeños choros…

¡Vacaciones! Tiempo de sol y playa. Tiempo de los amores nuevos que se iban cada tarde en el pico de una gaviota.

Tiempo de no ir al colegio y volver por la noche, pasadas las diez, a la casa

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Mi infancia tenía cerros azules y bosques Del color de La tarde en mis juegos y los piratas navegaban desde la baranda de la terraza. Éramos Sandokán y Mompracem quedaba al frente, casi pasando la quebrada.

Todas las tardes arribábamos con el botín preciado de los sueños. Todas las tardes los vidrios de colores eran la iglesia y el castillo. Filtraban la realidad en verde, rojo, amarillo y azul. Jugábamos solos y al caer la noche regresábamos cansados de vagar por entre las páginas del libro que estábamos leyendo. Yo era Phileas Fogg y daba la vuelta al mundo en un juego que tenía capítulos. “¿En donde nos quedamos ayer?”: era nuestro visitar a la fantasía diaria.

La casa de Lucho tenía una perezosa grande, de metal, con cojines floreados.

Allí, en las noches de los catorce años, cantábamos y Lucho empezaba a tocar la guitarra.

“Noches de Ipacaraí” era la mejor. Era verano, claro. Las mejores canciones se cantan en verano. Adaptábamos letras y nos asombraba ser tan poetas.

Cada noche descubríamos que era mejor sentarse conversando de las chicas, que darse una vuelta en bicicleta tirando papelitos a los enamorados de la Costanera.

Entonces yo me iba a la casa y Lucho me acompañaba. Yo lo volvía a acompañar y él me acompañaba al regreso. Así, conversando, pasaba nuestra pequeña adolescencia.

Nos asombrábamos de todo. Ver a las chicas en ropa de baño era como película para mayores de 18.

Así éramos los chicos entonces.

FLASH


 

A Jacuzzi solo le quedaba el odio.

Ahora tendría que empezar de nuevo. Volver a la selva. Ahí vería qué hacer.

Con la poca plata que tenía compró un maletín con el logotipo de “Umbro”, un par de camisas, un jean, zapatillas y cuatro cajitas con un calzoncillo cada una. En el fondo del maletín puso el “Taurus” y en los bolsillos del jean nuevo guardó como treinta balas.

Lo acomodó todo y agregó galletas de soda, dos botellas de agua mineral y una chata de ron.

Cuando compró el pasaje en la agencia dudó en dar su verdadero nombre. Por si las moscas dijo que se llamaba Domingo Orué. “Como la calle”, bromeó con la chica que escribía en el boleto.

Pagó y se guardó el papel. No le pidieron ningún documento. Total, si el ómnibus se desbarrancaba, ya no iban a importar los documentos.

“¿A qué hora sale?” “A las siete”.  Tenía tiempo. Caminó hasta Azángaro y buscó al “Muelas”. Ahí estaba, en su oficinita mugrienta del segundo piso. Pedro Bastidas, el “Muelas” falsificaba a pedido.

“Cuñao, necesito un DNI, pero al toque nomás” El “Muelas” abrió el cajón de su escritorio, rebuscó un poco  y sacó unas tarjetitas azules nuevecitas. “Por ser tú, doscientos, Jacuzzi. ¿Tienes foto?” De la billetera Jacuzzi rescató una foto que se había hecho tomar un día en una máquina automática, de las que ahora quedaban pocas. “¿Qué nombre pongo?” “Domingo Orué Domínguez, el principio como la calle, cuñao, ¡para no olvidarme!”

El “Muelas” para hacer su trabajo, se metió en un cuartito y regresó con un DNI que parecía de verdad. Todo estaba completo. Los datos los había ido preguntando desde adentro.

“¿Quieres una gaseosita?” Era evidente que el “Muelas” quería saber. Aceptó la gaseosa y tomaron los dos. “Jodida la cosa ¿no?, empezó el “Muelas” “Un poco” No iba a hablar. El “Muelas” no era cojudo y se dio cuenta de inmediato. Se tomaron las gaseosas y hablaron del calor, de lo dura que estaba la chamba para los “notarios” de Azángaro y de cosas que a ninguno de los dos le importaban.

Jacuzzi pagó los doscientos soles en billetes arrugados y el “Muelas” desplegó su apodo en una sonrisa.

El ómnibus salió a las siete. En un asiento del medio, Jacuzzi se iba quedando dormido. Pararon en la garita y dos policías subieron. “¡Qué huevones, la merca se trae, no se lleva!” Recorrieron el pasillo alumbrando a ratos con una linterna a la parte de arriba. Entró un teniente pidiendo documentos. Jacuzzi sacó el DNI y lo mostró. El teniente ni lo miró y siguió hasta el fondo.

Salieron los policías  y el ómnibus arrancó. Faltaban varios controles, pero el “Muelas” había hecho bien su trabajo.

Volvió a dormirse. Lo despertó el frío. Sacó una chompa, se la puso y destapó la chata. A pico se bebió un trago largo. El ron bajó como fuego por la garganta y anidó en el estómago. Se sintió abrigado. Miró por la ventana y no vio nada. Su vecino roncaba.

Cerró los ojos y la imagen de Ornella gritándole “¡Quítate, quítate!” regresó. En realidad estaba ahí todo el tiempo. Cerraba los ojos y la veía caerse, gritando. Gritando para avisarle. Como en una película, oía el disparo y veía las caras de los rayas. Después había como un flash y se obligaba a abrir los ojos.

Jacuzzi intuía que iba a tener que vivir con ese fogonazo de luz en su cerebro y con los gritos.

Después de pasar lo que le parecieron mil controles y de una molienda de huesos por los baches de la carretera, llegaron.

Se fue levantando poco a poco para desentumirse, se sacó la chompa, la guardó en el maletín y se lo puso al hombro, esperando pacientemente a que la cola avanzara lentamente por el pasillo del ómnibus. Los pasajeros se estorbaban unos a otros con costalillos, maletines, bolsas y todo tipo de equipaje imaginable.

Salió al aire que le pareció fresco a pesar del calor, después de haber respirado durante el viaje la atmósfera cerrada y plagada de olores disímiles.

Ahí nomás lo abordaron: “¿Hotel, míster?” El chico lo miraba esperando un no. “¡Vamos!” dijo y el chico sonrió y quiso agarrar el maletín. “Esto lo llevo yo, compadre, aquí hay cosas que tú no debes andar cargando”. Caminaron como tres cuadras y llegaron a una casa vieja, pintada de blanco que no tenía letrero alguno. “ ¿Hotel?”, preguntó Jacuzzi. “Firme, míster, es un hotel con estrellas. Bien solapa, por si las moscas.” Jacuzzi le dio cinco soles de propina y el chico volvió a sonreír. “¿Quiere que lo lleve a algún sitio, míster? Puedo llevarlo a sitios turísticos. Bonito es”.

Jacuzzi negó con la cabeza y entró a la casa.

ODIO


 

 

 

Bajita, greñuda, usaba un overol bolsudo y un polo publicitario danés que promovía una marca de preservativos, donde lo único inteligible era el falo sonriente que adornaba el diseño.

Jacuzzi se había enamorado de ella. No sabía muy bien el motivo. Lo único que sabía es que tenía la voz más sensual del mundo.

En un arrebato tecnológico, Jacuzzi se había enamorado por teléfono.

Cuando lo de la moto, había llamado al “maquillador” para averiguar como iba el trabajo. Le contestó una voz que lo hizo soñar tres noches seguidas con Ornella Muti. Pero no se atrevía a ir. Primero, porque era muy pronto y podían chaparlo. Segundo, porque se moría de miedo de ver el rostro que correspondía a la voz.

Finalmente el sábado se echó medio frasco de “Piove”, un alternativo de once soles, se puso las medias blancas de nylon, los mocasines de gamuza color arena y con la camisa del caballito que había comprado, en buen estado, en las carretillas de ropa usada de Grau, con un pantalón negro,  decidió presentarse donde el “maquillador”, ver la moto y a la chica del teléfono.

Llegó al portón de calamina donde un 232 aparecía borroneado con tiza. Tocó y dentro empezó a ladrar un perro. Volvió a tocar. Detrás de la calamina, sobre los ladridos, oyó la voz de Ornella Muti que gritaba tratando de callar al perro.  Sintió que le sudaban las manos y se las pasó por el pelo.

“¿Está el maestro?”, preguntó Jacuzzi. El portón se entreabrió y Yaniré Ojeda hizo su entrada en la vida de Jacuzzi, bajo el nombre glorioso – e italiano-  de Ornella.

“¿Quién?” El maestro, el Pollo”, articuló Jacuzzi con la emoción de hacer hablar más a esa voz que le hacía sentir que tenía las orejas a la altura de la bragueta.

“¿De parte…?” “Soy un amigo” dijo cauteloso. “Tú debes ser el de la moto. Pasa nomás, mi primo está al fondo. El perro no muerde”.  Jacuzzi sonrió y se deslizó por la abertura del portón que ella mantenía. Dentro, un canchón lleno de llantas, pedazos oxidados de carrocería, asientos de auto destripados y basuras variadas, antecedía al cuarto de adobe con techo de cartones, delante de cual “El Pollo” trabajaba en la moto.

Caminó sorteando los obstáculos, aturdido por los ladridos del perro que le daba vueltas a prudente distancia y por el ruido del compresor. “Perro maricón. Acércate y te meto un puntazo” pensó Jacuzzi.

“El Pollo” estaba solo con un short que había sido blanco y sayonaras en los pies. Pintaba la moto, que ahora parecía otra. Le había hecho una carrocería de fibra que la volvía irreconocible. Un tigre, “El Pollo”. Dejó la manguera y con un movimiento del pie apagó el compresor.

“Hola Jacuzzi. Ya está casi. Mañana te la llevas. ¿Quedó firmeza, no?  Había que reconocer que ni el muerto hubiera reconocido a esta máquina sin marca. “Le borré todos los números y le puse una plaquita que me recursié. Ahora es una Gilera, como querías”.

Jacuzzi miró otra vez a la moto y haciéndose el cojudo le preguntó por la chica. “Es mi prima, me ayuda con el teléfono. Tú sabes que es una vaina  que te encuentren fácil. Uno tiene que darse su distancia pa` poder demostrar que está ocupao”.

“¿A qué hora vengo mañana?” “Puta, Jacuzzi, ¡me acabo de acordar que mañana es domingo!  No, vente pasado. Como a las once. Es que a la noche tengo una chambita que tira pa’ largo y mañana voy a estar jato”.

La chica salió. Caminaron juntos unos pasos y Jacuzzi le dijo que la invitaba al cine esa noche. “Si quieres vengo por ti”. Ella lo miró y se rió: “¿a mí…?” Jacuzzi puso su cara aprendida en las viejas películas de Rossano Brazzi y de medio lado, movió la cabeza: “….Si no quieres…” Yaniré vio escaparse la oportunidad y de pronto se volvió tímida: “Pero no vivo aquí. Mi casa está en Breña, por Chamaya…” “Apúntame la dirección y paso como a las seis.”

Regresó con un papelito con la dirección escrita a lápiz. Jacuzzi lo guardó en la billetera y dijo chau. Salió, caminó unos pasos y al voltearse vio que Ornella estaba cerca del portón. Le hizo adiós con la mano y regresó al hostal.

A las seis en punto la recogió, fueron al cine a ver “La jaula de las locas” y ella se reía a carcajadas. Jacuzzi la miraba

, reconociendo en esa risa muchas de sus fantasías sexuales.

Al terminar la película entraron a una pollería y comieron comentando.

“¿Tienes algo qué hacer? Te invito a bailar”. Se metieron a un Tico y acabaron sumergidos en la bulla y las luces de una discoteca en La Marina. Jacuzzi bailaba con estilo. Ella estaba como abstraída, llevando el ritmo con la cabeza, dejándose llenar por la música.

Se empilaron con un par de rones y después chelas hasta las cinco.

Mojados de sudor, un VW los llevó hasta el D` Carlo. Allí Jacuzzi terminó de enamorarse. En la cama, Yaniré resultó más Ornella que nunca. Hicieron el amor como si fuera a terminárseles el mundo.

Se quedaron dormidos y a las cuatro de la tarde salieron con hambre.

Unos jugos y dos panes con chicharrón los dejaron como nuevos.

Jacuzzi la llevó a su casa. “Mañana vengo. Chau, Ornella” “¿Quién?”, dijo ella. “Tú eres Ornella. Un día te cuento”. Ella se quedó pensando. Decidió que Jacuzzi se acordaba de otra chica y sintió una especie de hueco en el estómago.

Al día siguiente Jacuzzi salió temprano y buscó un bazar. Compró una cadenita y un conejo azul de peluche. Lo hizo envolver y se metió la cadenita en el bolsillo de la camisa.

Al llegar al portón vio que estaba medio abierto. Miró un rato y entró.

Al fondo estaba la moto, roja, brillando.

Llamó a “El Pollo” pero nadie contestó. Ahí fue que se dio cuenta que no estaba el perro.

De pronto, del cuarto de adobe, Ornella salió gritando como una loca:

“¡quítate, es una trampa, quítate!” Detrás de ella venían dos hombres  gritando y carajeando: “¡Quieto, cojudo! ¡La maldita nos jodió todo”.

“¡No te muevas o te quemamos!”

Jacuzzi corrió y de reojo vio que Ornella corría hacia él: “¡Quítate, quítate!” Cuando llegaba al portón oyó el estampido de un disparo. La adrenalina lo invadió y aceleró instintivamente apretando el paquete con el conejo de peluche. El grito de la mujer lo paró en seco. Adentro, Ormella estaba en el suelo y los rayas se habían agachado. “¡La cagaste, la cagaste!…” gritaba uno.

Corrió de nuevo, tiró el paquete y se subió a un micro a la volada.

Miró por la luna de atrás y vio a los policías que salían por el portón.

Se sentó, sudando. Felizmente el billete lo tenía… ¡No lo tenía! ¡Estaba en el hostal! Bajó del micro y corrió a un teléfono público, porque su querido celular se le había caído en la huída. Marcó el número del hostal y contestó una voz rara. Colgó. Volvió a marcar. Contestó la misma voz. No podía volver al hostal. Había perdido la merca, el billete y todas sus cosas. Buscó otra moneda y ya no tenía. Buscó en el bolsillo de la camisa. Solo encontró la cadenita. La sacó y se la puso.

Jacuzzi lo había perdido todo. Solo tenía precio y ahora además, odio.

MOTO.


 

La desaparición d Jacuzzi y su escape a la selva no  aminoró para nada su intención de viajar a Italia, de seguir italianizándose, vamos.

Una vez en Lima tentó los más variados oficios pero se daba cuenta que la plata le entraba con cuentagotas. Para subsistir con las justas, le alcanzaba.

Qué lejos veía el día en el que había hecho dos mil dólares con un viaje, un poco de peligro y mucho miedo que ahora el llamaba decisión.

Hasta que finalmente volvió a las andadas, trabajando como cobrador para un contacto del gordito que recibiera la merca cuando regresó. Fue un azar encontrarlo mucho tiempo después en una calle de La Victoria. Jacuzzi pateaba latas y el cruce con rápido reconocimiento de ambos lados parecía, después, un sueño para Jacuzzi. El gordito, confianzudamente lo cogió del brazo y como si lo conociera desde siempre le preguntó por su vida. Preguntas inocentes, de rutina, pero que a Jacuzzi le sonaron premonitorias.

Terminaron delante de unas cervezas y en el trasiego de líquido e información, Jacuzzi le dijo al gordito que estaba buscando. Que no tenía suerte y que todas las chambas que hacía no lograban sacarlo adelante. Que estaba esperando poder juntar algo de plata para regresar a la selva. Al brócoli, dijo y el gordito asintió como si lo entendiera todo. El acento italiano de Jacuzzi se mostraba a veces. En realidad, lo había descuidado un poco.

Hablaron bastante rato y de la reunión Jacuzzi sacó un número telefónico, que resultó ser el de un celular. Debía haber plata, porque Jacuzzi recordaba los caros aparatos que cierta gente llevaba y que además de costosos eran muy grandes. Pero servían para hablar de cualquier parte y daban un caché impresionante. Si el gordito tenía uno, es que la hacía. Era alguien.

Esa noche, en su cuartito Jacuzzi se decidió. En realidad lo decidieron el hambre que tenía y la necesidad de ser alguien y no seguir siendo ninguneado.

Llamó temprano al número celular. Contestó el gordito. Quedaron en encontrarse al medio día. El gordito lo invitaba a comer algo y a conversar para arreglar las cosas. Lo dicho: el gordito era alguien. ¡Tenía celular!

Se encontraron en un restaurante pobretón y después de pedir las chelas reglamentarias, comieron un cebiche que a Jacuzzi le supo a gloria. Royendo el choclo de acompañamiento hasta las últimas consecuencias, Jacuzzi se vio contratado para un trabajito que suponía seguir al gordito y hacerle de campana por si las moscas. Era un trabajo que parecía fácil, le pagaban y nada más. Jacuzzi estaba listo para empezar de inmediato.

Al principio todo fue como el gordito le había dicho. Servía de seguridad, sin hacerse notar demasiado. Era cuestión de dejar pasar el tiempo, cosa no tan difícil cuando se tiene un sueño y algo de plata en el bolsillo. Lo estaban midiendo.

Jacuzzi aprovechaba lo que podía para volver a su italiano en un habla medio cantada, medio enrevesada y vistiéndose como los italianos de a verdad debían hacerlo.

Un día finalmente el gordito le confió: “No puedo llegar a dos sitios a la vez. ¿Si tú me haces la gauchada, te doy un poco más de plata, o un celular como el mío, sólo que tendrías que pagar cada mes las llamadas que hagas y las que te hagan….” Jacuzzi aceptó lo del celular, total, plata conseguiría ahora, pero tendría un aparato que pocos tenían.

El asunto de suplir al gordito fue chancay de a medio. Cobró y al entregar, recibió su plata. “Este es el celular para ti. Lee bien el folleto y cuídalo. Es grande, pero útil” Jacuzzi se fue hecho unas pascuas. ¡Tenía celular! ¡Era alguien diferente!

El gordito convino en llamarlo al celular cuando lo necesitara. Era mucho más fácil que estar esperando las llamadas en el hostal donde se alojaba. Podía salir, moverse y estar siempre al alcance. Mejoraba.

La rutina siguió hasta que el gordito se quejó un par de veces de su impuntualidad. “Es el tráfico” decía Jacuzzi. “Será mejor que hagamos algo, ¿sabes manejar moto?” “Sí”, mintió Jacuzzi. Manejar moto no debía ser muy diferente que manejar el triciclo de panadero-repartidor, que había abandonado hacía tanto tiempo. Era cuestión de entrarle nomás.

Un par de días después, el gordito lo llamó al celular y quedaron en encontrarse en una cochera que quedaba en Jesús María. Hasta allí llegó Jcuzzi a la hora acordada, para encontrarse con su patrón que estaba con otro tipo y tenían una moto, medio magullada, pero que parecía en buen estado. “Es tu moto, la transformamos un poquito y listo. Mi amigo, que la consiguió, tiene un mecánico que lo arregla todo.”

Así Jacuzzi se hizo propietario de una moto robada, que no sabía manejar. Lo primero era llevarla donde el amigo del amigo del gordito, para que le cambiaran lo que la hacía reconocible. “Era de un particular, que se metió por donde no debía y perdió” dijo el amigo. “Maquillada es otra cosa. Mi amigo es un trome.”

La transformación de la moto quedó pactada para dentro de dos semanas. Todo lo hacían por él. Primero teléfono celular y ahora moto. Se esta volviendo importante. Indispensable en lo que hacía.

Se empeñó en que la “maquillada” hiciera aparecer al vehículo, como si fuera italiano. La “Honda” debía perder su identidad japonesa y asumir los rasgos de una auténtica “Gilera”. ¡Hasta moto italiana tendría, su sueño estaba cada vez más cerca!  Eso le parecía, al menos.

BROCCOLI.


 

Esta vez es una historia inventada. Le empecé hace muchos años, en la sala de profesores del primigenio IPP, en la calle Lizardo Alzamora, en San Isidro. Doy  estos datos, pues lo escrito empezó siendo fruto del más puro ocio y las ganas de escribir. Le han seguido una especie de “capítulos” en los que a lo largo del tiempo he desarrollado un personaje. No es una novela, Son pequeñas historias que van hilvanándose. Todavía no llego a la que sería el final. Cuando lo logre, será una tarea más cumplida.


Esta es la primera historia de una serie.

Me pidieron algo al estilo “novela negra” y resucité a un personaje que tenía dormido en la memoria. Sus aventuras empiezan aquí

. No sé dónde irán a parar. Estoy seguro tan solo de una cosa: aunque sin pretender el dominio del género, como casi siempre en la “novela negra” mi protagonista es un perdedor.

¡Broccoli, eso era!

Desde arriba la maldita selva parecía una plantación de brócoli (si es que en algún lado había una plantación de esa especie de coliflor verde).

El avión estaba subiendo y pedazos de nube, como la lana de vidrio de los árboles de navidad, empezaban a aparecer sobre el verde apretado de abajo.

Jacuzzi Martínez observaba tenso por la ventanilla. Era su segundo vuelo.

El primero lo había llevado a ese lugar infame, lleno de bichos, calor y árboles. El segundo lo regresaba a Lima. Más precisamente, al invierno de Lima.

Jacuzzi Martínez era italiano en todo, salvo en los apellidos, el nombre y la nacionalidad.

En realidad se llamaba Florencio Domínguez Castro,. Nacido en Huacho.

Pero desde que vio la serie de películas de Franco Nero, decidió ser italiano. No se había perdido una. Frente al espejo de la casa paterna ensayaba poses, mascaba un cigarrillo y sacaba rapidísimo los imaginarios Colt Frontier.

Soñaba con Italia. El problema era que para él, Italia se traducía en un pueblo del oeste americano.

A su edad –doce años- resultaba difícil ubicarse en geografía,

Sin embargo, a punta de preguntas y visitas a la biblioteca, logró hacerse una idea de Italia.

Es cierto que se desilusionó un poco al descubrir que los italianos no habían peleado contra los apaches, pero suplió la carencia con algunas historias leídas sobre los emperadores romanos y acerca del circo-tan diferente de aquél que venía por Fiestas Patrias cada año-donde los cristianos luchaban (era un decir) con leones, tigres y otros animales feroces.

El clímax llegó para Florencio cuando descubrió a Ornella Muti.

, Mastroianni y a esos italianos que vivían en la verdadera Italia y que pasaban por Huacho en copias rayadísimas, con pésimo sonido, pero maravillosamente itálicos.

Se enamoró de la Muti y copió gestos displicentes de Mastroianni. Empezó a hablar con un dejo que primero provocó extrañeza y luego risa.

Cumplidos los quince años decidió iniciar su viaje a Italia.

Primera escala, Lima. Allí ahorraría y un día se subiría a un avión que lo llevaría a Roma. ¡Hasta su nombre le sonaba ahora a italiano! Florencio debía venir de Florencia. “Firenze”, decía él. No tenía muy claro el asunto, pero peor era nada.

En Lima se alojó donde su tía Asunción, en Lince y empezó a buscar trabajo. Su suerte lo llevó hasta la panadería “Il Panino”, que necesitaba un triciclero repartidor.

Florencio agradeció su buena estrella y pedaleó durante un año, levantándose a las cuatro y guardando cuanta plata podía.

Un día leyó un folleto. Allí ofrecían “Jacuzzis”. No entendió mucho pero le gustó el nombre. Le sonó italianísimo y decidió adoptarlo. Desde entonces, Florencio pasó a ser Jacuzzi.

Omo en “Il Panino” le seguían diciendo Florencio, no tuvo más remedio que dejar el trabajo. Su italianización avanzaba, pensó.

El segundo trabajo lo consiguió con un amigo que repartía pan por las tardes y que de paso hacía “bisnes” entregando ketes a domicilio. Jacuzzi tenía que cobrar.

Como era alto y el año de pedaleo lo había entrenado poniéndolo casi atlético, resultaba perfecto para el trabajo. Además era “un poco cojudo”, según “Chupón” , su amigo y no se le iba a ocurrir levantarse ni un yen.

“Chupón” repartía y Jacuzzi cobraba.

Empezó a ganar lo suficiente como para comprarse ropa con marcas que sonaban a italiano. Cultivó el acento que le parecía adecuado para su personaje y dejaba caer alusiones a la mafia, como si él tuviera algo que ver. “Chupón” se reía y Jacuzzi cobraba.

Un día a “Chupón” lo encontraron con dos balas adentro, el triciclo volcado y ningún kete a la vista. Jacuzzi deseó con toda su alma ser Florencio, vivir en Huacho y no haber visto nunca ninguna película italiana. Desapareció del barrio.

Hora volvía a Lima después de haber pasado dos horrorosos años entre el brocoli. Odiaba la selva. Allí tuvo que hacer de todo. Para empezar había perdido su ensayado acento mediterráneo.

Fue mozo en un cafetín infecto, vendió camisas en caseríos que quedaban a cinco días en canoa, se convirtió en comida para los zancudos, vio a las arañas cruzar orondas la carretera. Se emborrachó con guarapo y despertó sin plata, sin ropa y en plena lluvia.

Pero como Franco Nero en las películas, sobrevivió.

El viaje a Italia había tenido una escala inesperada, pero no por eso terminaba allí. Acabó trabajando río arriba, en una “caleta” pesando pasta. Hizo los amigos convenientes y los enemigos necesarios. Finalmente volvía a Lima. Con un encargo que lo tenía más nervioso que cuy en tómbola. Sin embargo Jacuzzi no se iba a achicar.

El avión aterrizó y él bajó mezclado con los pasajeros. De la cinta de equipajes recogió el costalillo y la caja. El maletín le colgaba del hombro y pesaba como la gran flauta.

Llamó a un maletero y puso todo en el carrito. También el maletín. Le dio los tickets y caminó adelante. Si querían revisar, él salía nomás. Pasaron.

En la puerta un moreno se le acercó: “¿Taxi solo,  señor? Es de afuera, señor. Barato, vea…”  “¿Cuánto al centro, al hotel Mogollón?” “Treinta míster, solano usted” Llegaron al centro. En el hotel alquiló un cuarto, pagó por adelantado y una vez cerrada la puerta e inspeccionada el área se echó en la cama y respiró. En la pared había una mancha de humedad y la pantalla rosada que colgaba del alambre del centro de la habitación parecía una muñeca ahorcada.

Jacuzzi había dado el primer paso de su verdadero viaje.

Los dos mil dólares que le pagarían por traer la merca eran la cuota inicial de su sueño.

Tenía que entregar los “Juanes” a un tal Soto, que lo esperaría a la entrada del cine Alhambra esa misma noche. Lo demás iría viniendo.

A las nueve tomó un taxi y se fue a hacer la entrega. En el cine compró su entrada y se entretuvo mirando los afiches. Dentro del maletín que le colgaba del hombro, había diez kilos de pasta básica, envueltos en hojas y amarrados como “Juanes”.

A su lado se paró un gordito con pinta de maricón solitario. “¿Va a entrar?” le preguntó a Jacuzzi con un tonito que a él le sonó invitador. “Stoy a la spera de una bambina” dijo con su mejo acento italiano.

“Yo soy Soto”. Jacuzzi casi deja caer el maletín que en ese momento trataba de cambiar de hombro.

“Este sobre es para usted y el maletín es para mí. Entremos al cine y chequeamos”. El gordito compró su entrada y se sentaron en la última fila. El cine estaba casi desierto. Solo había dos parejas y un par de tipos separados. Olía ha guardado y a orines.

Jacuzzi abrió el sobre y contó los verdes. El gordito hurgaba dentro del maletín. Se llevó el dedo a la boca y chupó. Levantó el maletín como si lo pesara. “Correcto” dijo con afectación de marica. “Completi tutto” musitó Jacuzzi. Cuando apagaron las luces, el gordito salió.

Jacuzzi aguantó hasta la mitad de la película, cambiándose de asiento y después casi corrió hasta la puerta.

La noche le pegó en la cara y Jacuzzi supo que ya no tenía regreso.

Todo su camino era ahora hacia delante.

CUESTIÓN DE CONFIANZA.


Revolviendo archivos encuentro esto. En una época de furor electoral sirve reflexionar en nosotros como país.

Reflexionar si iremos por buen camino o la pifiaremos.

El Perú ha suspendido* las medidas de confianza entre Chile y nuestro país. Las ha suspendido luego de elevar una protesta diplomática provocada por la venta de armas del vecino del sur a nuestro vecino del norte en pleno conflicto bélico, siendo Chile garante del Protocolo de Río de Janeiro.

Fuera de las consideraciones diplomáticas ¿cómo es posible confiar en un país cuyo lema nacional reza “Por la razón o por la fuerza”? ¿Cómo hacerlo con quienes para evitar sanciones, cambian la etiquetas de la ropa fabricada e importada de China y comercializada a través de sus tiendas en el Perú? ¿Cómo tener confianza en un vecino que coloca un video, por lo menos de mal gusto, en una sucursal de su principal línea aérea y “no se da cuenta” durante el tiempo más que suficiente como para notarlo? ¿Qué esperanzas podemos cifrar en un país en el que uno de sus representantes al congreso dice que lo único que el Perú tiene son ruinas? ¿Podemos confiar en un país como aquel que tiene representantes de su clase política en instituciones como el tristemente célebre “Banco República” que nos dejó colgados, estafando a los ahorristas locales?

¿No fueron los chilenos los que aprovechando la corrupción de un gobierno peruano construyeron una fábrica en los Pantanos de Villa? ¿Y no fue este Chile el país que liquidó a sus propios generales porque le eran incómodos al gobierno de turno, presidido por otro general?

¿Cómo vamos a confiar, por Dios, en un país que garantiza un Tratado de Paz, Amistad y Límites y es capaz de vender armas a un país de los dos que se ven desgraciadamente enfrentados en un caso bélico?

No se trata de xenofobia. Se trata de confianza.

Es cierto que los empresarios chilenos invierten hoy en el Perú. Es cuestión de confianza también.

El Perú está creciendo, tiene estabilidad económica, es tranquilo y paciente.

Compramos en múltiples almacenes y tiendas e instituciones financieras varias se encargan de nuestros ahorros. La electricidad de gran parte de Lima es administrada por una empresa Chilena. Confiamos en sus ofertas, su crédito y buenas prácticas.

Somos realmente u país de confianza. ¿O será que somos un confiado país?