DÍA DE GUARDAR.


 

 

Antes el domingo y los días de festividad religiosa (católica) eran llamados “días de guardar”. Un día de guardar suponía un día especialmente dedicado a Dios. Solía iniciarse con una ceremonia litúrgica (misa) y a lo largo de las horas que se desplegaban lentamente, se pensaba con más intensidad en Dios, dedicándole un día especial de la semana. Todos los demás eran días de trabajo o de “estar en el mundo”. El domingo era especial. Solía ser un día en el que la familia se reunía y se compartía desde un almuerzo preparado “ad-hoc” hasta conversaciones de sobremesa y actividades varias “puertas adentro”. Por las tardes, algunos preferían ir al cinema mientras otros hacíamos las tareas de religión, que por lo general versaban sobre el evangelio del día y que solicitarían en el colegio. Era el acabarse de unas pequeñas vacaciones y prepararse para volver a la normalidad de una semana escolar. El resto de la familia iría a trabajar, a la universidad o retomaría la rutina.

Pero yo quiero hablar aquí de los domingos que uno tras otro se han sucedido en mi vida y lo que estos han significado para mí.

Los domingos siempre han tenido un “no sé qué” especial que los ha anunciado, haciéndome saber que había una pausa semanal distinta. Diferentes por completo a los sábados y a cualquier otro día, los domingos han tenido para mí una víspera, el día en sí y un diluirse de este, caída la tarde, con una noche que presagiaba un lunes de sorpresas.

El domingo ha sido un día de festividad, es cierto, pero en mi caso bastante íntima a pesar de los esfuerzos por socializar el día. En todas partes, en Lima, Bogotá, Quito, La Paz, Santiago o Nueva York, solo o acompañado, ha sido un día curiosamente personal, mío. Con sensaciones que se repiten cada seis días. Inclusive, cuando he estado muy enfermo, el domingo era un hito. Lo esperaba como un puente entre los días. Como un rompimiento de la rutina de medicamentos y visitas médicas. Era domingo y todo cambiaba aunque por fuera nada cambiara.

Debe tener su origen en la educación que recibí, pero la acentuación íntima es más profunda. Hoy los domingos son iguales. Hace tiempo que no voy a misa en este día, no hay un verdadero “almuerzo en familia” porque mis padres y suegros murieron, lo mismo que mi hermano, mi hermana vive lejos y mis hijas tienen sus propias familias y quehaceres. Aquí en la casa estamos Alicia y yo, junto con Paloma, su esposo Cristian y mi nieto Manuel. Es cierto que almorzamos juntos y que todos sabemos que es domingo, pero que como esto último no se toma en cuenta. Es un día más. Solo la ida de Alicia a misa a alguna hora en la mañana o hacia la noche a una iglesia cercana lo sindica como tal, en mi personal concepción.

Los domingos “ya no son como antes” en general pero dentro de mí sigue siendo un día especial. Un día que trae un aire diferente, un pensar distinto. Eso que no sé que es ni de donde viene, pero que yo resumo en la frase “día de guardar”.