CLAO.


 

Era lo que decía mi amigo el “chino” cuando quería decir “claro”.

De chino no tenía nada, pero los apodos son así. Un pequeño rasgo y la mente lo toma, magnifica y con el tiempo el sobrenombre se fija. De “chino” lo único que mi amigo tenía eran los ojos un poquito rasgados. Nada más. Sin embargo su apodo lo acompaña hasta ahora y así lo llamamos. Lo hacemos desde que lo conocí, allá por mil novecientos cincuenta y dos, cuando resultó que además de vivir cerca, en Barranco, éramos compañeros de colegio. El tiempo quiso que los amigos nos separáramos y de los cuatro, el que más lejos se estableció fue él. Primero lo hizo en España y luego en Bélgica, donde vive y trabaja hasta hoy.

Era el “chancón” del grupo es decir, el más estudioso. Mientras uno mostraba sus preferencias por Napoleón y su historia, el otro se divertía tocando la guitarra y yo escuchando la música que estaba de moda entre los jóvenes, él estudiaba. Sus encerronas con los libros y su desaparición de la vida de grupo en época de exámenes creaban una especie de envidia secreta que lo terminaba sindicando como “el chino chancón”.

Recuerdo bien a sus tres hermanos, César, “La Gringa” y “Chiqui”, todos estudiosos, todos en una misma línea, sin dejar por ello de ser divertidos. Don César, el papá estaba muy orgulloso de sus cuatro hijos, lo mismo que doña Áurea, la mamá, cuya sonrisa tengo siempre presente.

La casa de la calle Tarapacá, número 101, era nuestra casa. Allí nos reuníamos en el comedor o en la habitación que César y mi amigo compartían y que quedaba en el segundo piso, subiendo por unas escaleras de madera, brillantes de cera.

Un silbido clave hacía que el “chino” se nos uniera con su bicicleta “Higgins” y enrumbáramos los amigos rumbo a la aventura. Guardo en la memoria una melodía “Bienvenido Amor” tocada por un grupo llamado “Los Loud Jets” que mi amigo tenía en un LP de la época y que –yo por lo menos-  escuchaba hasta la saciedad, junto con “La del vestido rojo” pidiendo incluso prestado el disco para oírlo en mi casa. El “chino” era mucho más fiestero que los otros tres y mucha de su música era bailable.

Las épocas se me hacen una mezcolanza, pero lo que sí recuerdo es que durante una etapa de nuestras vidas, una buena etapa, éramos inseparables.

En algún otro sitio he contado nuestras aventuras grupales, pero la memoria me trae al “chino”, muy atildado, peinado perfectamente con raya al costado, dispuesto siempre a ayudar. Ahora que está lejos y rememoro toda una vida pasada, parece que va a tocar el timbre de casa, o me va a llamar por teléfono para contarme que hoy sábado tiene un “tono” y sentir que ya está disfrutándolo.