LOS PANELES.


 

Me telefonearon de un diario, muy amablemente, para que diera mi opinión sobre los paneles electorales. La llamada se la hicieron a quien ha pasado toda una vida dedicada a la publicidad y que algo sabe de comunicación política.

Sucede que, conforme se va calentando la campaña, uno de los medios más socorridos son los paneles, desde los tradicionales de 7.20m x 3.60 m. hasta aquellos inmensos que empiezan a poblar la ciudad.

Los paneles, que duda cabe, son mucho más económicos que la televisión o los diarios. Su efectividad se basa en la visibilidad, ubicación y en el número de personas que ven cada uno.

Sin embargo la proliferación de ellos marea a cualquiera que mire esa selva de palos, fondos, eslóganes, números, fotografías y símbolos. Ocurre especialmente en las épocas de elecciones, porque todo el  mundo los usa y son colocados de tal manera que las concentraciones que se dan, desafían cualquier lógica. He visto lugares donde dichos elementos se traslapan visualmente y unos tapan a otros. Los mensajes que deberían ser cortos, claros e inteligibles se pierden en un verdadero batiburrillo. Los candidatos a la presidencia y aquellos que aspiran al Congreso, pierden. En realidad pierde el país.

Por un lado perdemos en ornato, porque las ciudades se convierten en una desordenada vitrina llena de rostros, letras y números que afean las zonas donde hay multiplicidad de paneles. Perdemos la oportunidad de recibir mensajes claros y los candidatos la suya de que el público entienda alguna propuesta, los distinga y recuerde.

Usted, amable lector, debe haberse sentido asqueado por esta invasión sin sentido. Parece no haber lugar que se salve. El efecto es contrario. De seguro se confía en el fenómeno de la repetición, pero este puede producir hartazgo. Las sonrisas multiplicadas suenan a falsas y los eslóganes a mentiras.

Lo digo porque yo también cuando voy por las calles, cegatón como estoy, me doy cuenta del asalto visual que esto significa y el insulto a la inteligencia que se perpetra.

Entonces se le echa la culpa a la publicidad de la inoperancia del medio. ¿Quién ha dicho que el abigarramiento es publicidad? El panel necesita un espacio donde desarrollar el mensaje y poner uno ala lado de otro, lo que hace es anularlos. Nadie, creo, puede entender lo que sucede. Nadie que no esté obcecado por el dinero que gana haciendo paneles y nadie que no entienda un mínimo de teoría de la comunicación al colocarlos de manera tal que se oculten entre sí o se anulen mutuamente.

El panel (porque hay muy buenos ejemplos de paneles políticos) tiene que “respirar” conservando una distancia mínima. Deben evitarse los distractores cercanos y de todas maneras no estar nunca ubicados en una “selva” de ellos.

Lo que se ahorra en costo, se pierde en efectividad. Y es dinero que no se recupera. Lo barato, dice el dicho, sale caro a la larga.

¿No deben usarse paneles entonces? La respuesta es sí, pero siguiendo las reglas. Reglas que un estudiante de diseño sabe, cualquiera con dos dedos de frente conoce, pero que muchos candidatos ignoran, porque son engañados por quienes se supone que deberían hacer las cosas profesionalente.