SIRENAS.


Recuerdo que Doménico Modugno decía en una canción suya que cuando escuchaba una sirena pensaba en algo terrible. Creo que el título era algo así como “La distancia es como el viento”.

Antes, es cierto, las sirenas indicaban que algo terrible ocurría: un incendio, una ambulancia o un coche de la policía en acción. Escuchar una sirena, inclusive en el bullicio de las horas punta, llamaba la atención. Era un llamado urgente, un aviso perentorio.

Hoy, las escucho todo el tiempo, las sirenas se han vuelto tan comunes como las bocinas de los automóviles. Por lo menos desde mi casa las escucho permanentemente.

Supongo que muchas de ellas corresponden a vehículos de patrulla de serenazgo que la suelen usar, pero también están las camionetas de servicios clínicos, los bomberos, los policías, las ambulancias y otros que consideran importante anunciarse, pedir paso o cosas por el estilo. Cualquiera que se guíe por el oído, concluirá que estamos viviendo en una ciudad que está en permanente desastre. Y es que la sirena parece que ha perdido su antigua importancia y la urgencia que conllevaba el escucharla.

Esto me hace recordar el cuento de “El lobo, el lobo” en el que un pastorcillo por el uso reiterado y juguetón de un grito de alarma, no fue creído cuando de verdad gritó el peligro, siendo entonces tarde.

La alarma es un ruido para ponernos alerta, pero si se convierte en “parte del paisaje” no vamos a notar su existencia.

Sucede otro tanto con alarmas de auto y alarmas de casa. Suenan por quítame estas pajas restándose importancia.

Aparte del caos sonoro que todo esto provoca, nos volvemos insensibles como  a muchas cosas de veras importantes. La reiteración puede ser buena. La reiteración excesiva no creo que cause el efecto deseado. Por lo menos en lo que a alarmas se refiere.