VIEJOS AMIGOS.


Deshacerse de libros es como decir adiós a viejos amigos.

Ahora, que por razones de espacio voy seleccionando aquellos que se van a quedar en mi biblioteca, es como despedir a compañeros que pasaron conmigo eventos mil y que ahora tienen que recibir un adiós porque el espacio no crece como me gustaría y corren el riesgo de ser pasto de polillas y acumulan polvo. Sin embargo decir adiós no es fácil.

¿A qué manos irán a parar? ¿Cómo los tratarán?  ¿El nuevo dueño subrayará sus páginas como lo hago yo a veces? Son preguntas que vienen a la mente, porque cada uno tiene su historia, su época, sus lecturas. Cada libro aparte de la personalidad intrínseca que le confiere su autor, tema o personajes, tiene la impronta a veces explícita en alguna nota al margen o subrayados del lector. A muchos, lo que escribo aquí no les interesa y los libros son un bien intercambiable, algo que muchas veces no existe o sinónimo de aburrimiento.

Escribo para quienes consideren a los libros como mucho más que fuentes de información. Para aquellos que sepan valorar no solo el contenido, sino la apariencia física, que a veces diferencia tan bien uno de otro, marca lugares y recuerda momentos.

A veces, con sólo un nombre puedo rememorar imágenes de posición, de sobrecubiertas y de muchas cosas más.

Deshacerse de libros requiere despedirse. Pedirles disculpas, tal vez, porque nos acompañaron dando momentos de placer, haciéndonos conocer el mundo y hablando muchas veces con inteligencias que uno creía extinguidas y que están ahí, vivas, narrándonos cosas.

Hoy me despido de un número importante de ellos. Habrá más espacio. De pronto, otros nuevos reemplacen a los libros leídos. De pronto el hacer sitio no sea más que una ilusión. Sé, fehacientemente, que no nos volveremos a ver. Es un adiós definitivo.

Y cuando esto pasa es casi como escuchar voces que nos piden no hacerlo. ¡No se puede guardar tanto! La memoria, mientras dure, los recordará.