Primer día de un nuevo año.


La diferencia es mental. El 1 de enero es similar al 22 de setiembre, pero en nuestra costumbre y allí donde residen las cosas que realmente valen y nos mueven es diferente. Es el primer día de un año que tiene sus días, muchos, por estrenar.

Y es entonces que hacemos propuestas para el tiempo que vendrá. Esperamos cumplirlas todas, portarnos bien y ser los mejores.

Nuestras promesas de año nuevo duran generalmente un día. El día en que sólo una sal de frutas refresca los excesos del 31. Ese día en que prometemos, a nosotros mismos, por si acaso, bajar de peso, dejar de fumar o espaciar los whiskies o el vino.

Acaba el primero de enero y con el ocaso terminan muchas de nuestras decisiones aparentemente firmes. Terminan para ser ofrecidas con algunas variantes, a la señal de alarma de nuestros cuerpos, para cuando nos sintamos mal o en desacuerdo con el espejo.

Qué tal si viviéramos nuestras promesas de año nuevo, no digamos todo el año, pero sí una buena parte de él?

De seguro nos iría mejor. Estaríamos más contentos con nosotros mismos. Porque de eso se trata. De estar satisfechos con nosotros. De saber que sí podemos, de probarlo y seguir haciéndolo o dejándolo de hacer.

365 días no son para desperdiciar y ninguna agenda va a sustituir a nuestra fuerza de voluntad. Creo.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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