LAS MÁQUINAS DE ESCRIBIR.


La primera máquina de escribir con la que tuve relación fue una Hermes “Baby” de color gris, pintura corrugada, portátil y metálica. Estaba bastante trajinada y al principio, cuando la conocí, tenía puesta una cinta de algodón con tinta de color azul. Hoy que todo lo escrito se imprime en negro, el color sería un distintivo más.

La Hermes era usada especialmente por mi padre, para preparar sus discursos, escribir las cartas que enviaría a sus hermanos Domingo y Martha, a Arequipa y para muy pocas cosas más. De seguro mi madre la utilizaba, pero creo que siempre prefirió escribir a mano, con su letra muy legible. Así he encontrado algunas listas de mercado y varios escritos cotidianos, propios de un ama de casa, además de copias de oraciones y rezos personales que seguramente llenaban los vacíos del día, junto con escuchar música clásica y leer un manoseado Nuevo Testamento.

La Hermes le sirvió a mi hermano en la universidad, pero  a pesar de ser portátil y muy liviana, nunca recuerdo haberla visto salir de casa.

Estaba en el escritorio. Una habitación que tenía balcón y ventanas. Me veo curioseándola, sentado ante una mesa-escritorio, de color indefinido y cajones con cosas de mi padre y maravillándome con ese artefacto del cual salían palabras que después eran dichas ante el público o algún micrófono. Tímidamente, mi dedo recorría las teclas, hasta que en un rapto de escritor, las dos manos hacían destrozos atracando los martillos con los tipos, por tratar de imitar a quien sí sabía escribir a máquina con los diez dedos.

Mucho tiempo vivió la HERMES con nosotros. Casi indestructible, soportó los embates de el pequeño que era yo y el uso que le dieron los distintos miembros de mi corta familia.

Teté, mi hermana, se había casado ya y vivía en Arequipa, o sea que si ella la usó fue cuando venía a Lima, de vacaciones, para que sus hijos chiquitos, disfrutaran con ella de la playa de Agua Dulce, sus barquillos y las carpas listadas de azul, rojo y verde.

En esta  máquina de escribir dí mis primeros tecleos y compuse, seguro, mis primeros versos también. Recuerdo que la usaba , luego de mucha preparación, más tarde, para escribir mis cartas de respuesta a una “pen pal”, o amiga por correspondencia que tenía en Argentina y que se llamaba Lita, cuya foto guardaba cuidadosamente en mi billetera, pues era la primera amiga mujer de verdad que yo tenía. Lita, que de seguro era mayor que yo, respondía siempre a mano y la foto que me envió, con dedicatoria y todo, la mostraba como tal, una mujercita mayor que yo, con peinado bombé y un gran vestido con pliegues, sobre un sillón. ¿Qué será hoy de Lita? No recuerdo su apellido, pero las neuronas me traen aires italianos al evocarla. El hecho es que fue mi primera amiga por carta, amiga de fuera del Perú y a quien escribía laboriosamente, en la HERMES “Baby” de casa.

Tiempo después, mi hermano trajo una “ Olympia” , alemana, color crema y grande. Es decir una verdadera máquina de escribir de oficina, con teclas a tono, salvo un par verde y rojo, que indicaban cosas especiales. Nunca fue de mi agrado esta máquina grandota, que no se podía mover y me impedía llevarla en mis viajes fantásticos emprendidos desde la terraza de debajo de la casa de Ayacucho 263.

Luego vino una especie de interregno  y de este guardo hasta ahora dos máquinas, una Olivetti “Lettera”. Que me regaló mi suegra Hortensia y como buena italiana, la funda es azul con un original diseño de letras (“Lettera”, pues) y que además está intacta. La otra perteneció a mi madre (cuando ya escribía a máquina) marca “Olympia” Splendid, modelo 33, también portátil, con una cubierta de plástico rígido y de color crema. Allí aparece la “Triumph” que me asignaron en McCann Erickson cuando empecé allí como redactor. Es curioso que no guarde memoria de otras, que debo haber usado en diferentes lugares hasta que, tal vez por eso, inicié una vida en la que las teclas fueron importantes y generadoras de dinero, además de sueños. Cuandi llegué a lo que sería mi primera agencia de publicidad, me dieron un escritorio, que tiempo después identifiqué como “de periodista”, con su máquina de escribir atornillada a una superficie que se daba vuelta y hacía aparecer y desparecer la “Triumph” a voluntad, mostrando ora un escritorio liso, ora una baqueteada máquina de la cual saldrían los textos que yo, como novel redactor publicitario pergeñaría. Recuerdo hasta el papel,  de tipo “bulky” y era usado. Por la cara impresa llevaba los controles de audiencia a mimeógrafo y yo usaba la otra cara para escribir. Reciclábamos ya entonces, sin saber lo que hacíamos y nos quejábamos (éramos dos redactores cuando yo llegué) porque una multinacional ahorraba a nuestra costa, sin pensar que los pequeños ahorros hacen las grandes fortunas.

Cuando pasé a Kunacc como Jefe de Redacción (ya lo dije en algún otro lado, jefe de mí mismo, porque era el único redactor) cambié de máquina de escribir, pero durante un tiempo usé una portátil color marrón claro metálico, que era mía o heredada de mi hermano mayor. Allí empecé a escribir y, lo recuerdo siempre con gran cariño, el “Cumpa” Donayre, maravilloso periodista y fabulador, era mi Director Creativo. La oficina que compartíamos estaba dividida en dos y allí, gracias a él, escribí y publiqué en el dio “Correo” mis primeros cuentos. El primero, “Barranco, tiempo de amar” fue ilustrado por alguien del diario y puso una pareja besándose con fondo del “Puente de los Suspiros”. Nada más lejano del texto, que era el inicio de varias estampas barranquinas, que más que cuentos, eran recuerdos de un lugar para vivir y soñar, que se marchaba a toda prisa. Hago esta pequeña digresión, porque gracias al “Cumpa” es que vi en letra de molde mis primeros trabajitos literarios, que entonces eran ( y lo siguen siendo) un verdadero divertimento.

En “Correo” publiqué “El hombre de la máquina”, ahora sí un cuento corto, casi una anécdota, sobre un hombre que subsistía gracias a su máquina de escribir, haciendo cartas de amor, solicitudes y cuanto se le presentara, a pedido y a cambio de unos soles.

Luego fui cambiando de trabajo y conservé la máquina con la que hice mis primeras labores en Kunacc. De las otras máquinas que debo haber tenido, no me acuerdo. Solo sé que en un sitio preferencial de mi memoria, queda el aviso de la máquina eléctrica de escribir IBM, a bolita: “Una cabeza piensa más que muchos brazos” y que me sigue pareciendo genial. Ya casi nadie usa máquinas de escribir y menos de bolita, lo que prueba que el recuerdo de una buena frase publicitaria, tiene más vida que el producto mismo.

Cuando compré mi “Canon” chiquita, muy portátil, a pilas y  de color crema en la cubierta, y antracita de cuerpo había pasado el tiempo. La “Canon” era en realidad un procesador de texto, El primero que veía y tenía. En él usaba mi papel de escribir que decía “de la máquina de escribir de manolo Echegaray” impreso en color marrón chocolate. En realidad lo usé antes, desde que trabajé como “free-lance” pero no puedo disociar a esa maquinita del papel impreso personal.

Tengo una máquina antigua, que en apariencia no sirve y que me regaló hace unos años mi hija Paloma. Es marca “UNDERWOOD” bastante trajinada, de reglamentario color negro y teclas cromadas que cubren con una fina película, estilizadas letras.

Luego vinieron las computadoras, pero esa es otra historia en mi aventura de escribir.

 

 

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