FOTOGRAFÍAS.


 

Tengo miles de ellas.  Heredadas y propias.

Aún guardo los negativos en vidrio, tomados y revelados por mi padre y sus fotos en papel, donde experimentaba con colores completos, pintura y otros. Es que, como ya lo dije antes, Manuel Enrique tenía entre sus más caras aficiones, la de fotógrafo. Fotógrafo al estilo antiguo: capturando el instante y pasando por hacer todo el proceso, con una máquina de pino (cajón) y un cuarto de revelado que era una carpa, que viajaba con él en sus andanzas por el Perú, como Ingeniero Civil. Lo pongo con mayúsculas, porque serlo, en esa época era verdaderamente heroico.  Campamentos de meses y compañía de obreros, libros y la fotografía. Por eso, al revisar mucho del material guardado, he encontrado vistas de lugares lejanos, curvas de carretera y pueblitos cubiertos por la nieve y seguramente hoy desaparecidos o convertidos en ciudades.

Pero el registro fotográfico también abarca la familia de mi madre, algunos amigos, la familia en sí, formada por mi padre, me madre y los hijos, incluido Lucho, que murió antes que yo naciera, cuando tenía siete años. A esto se suman fotografías de nietos y biznietos y las propias tomas, hechas o acumuladas a lo largo de los años.

Ahora que acomodamos cosas, una maleta grande alberga la mayor cantidad. Fotografías que esperan que ni hija Paloma las pase a registro digital, para no perder sus imágenes en el tiempo, como han perdido muchas de ellas su significado, pues sin leyenda y muertos quienes actuaban de memoria viva, han quedado convertidas en estampas de épocas que pueden a veces adivinarse por el vestuario, o algún detalle revelador.

En muchas imágenes hay personas que sonríen para el instante, o posan serios de cara al futuro o exhiben su sorpresa. Personas que han desaparecido hace muchos años y que entonces eran los animadores de tardes interminables, noches de fiesta, o paseos hasta donde la naturaleza lo permitía.

Veo claramente en el recuerdo, una imagen en la que sólo reconozco a mi madre y a mi padre jóvenes, rodeados de quienes deben ser amigos suyos, sentados en una amplia escalera en la ciudad de Trujillo.

¿Cómo lo sé? Porque dice “Trujillo”, está el año y por lo que yo sé, todos sus parientes estaban entonces en Arequipa, Cuzco y Lima. Son amigos pues, es Trujillo y mis padres disfrutan después de un almuerzo con quienes los acogían en esa vieja ciudad norteña.

He encontrado muchos álbumes que guardan ordenadamente fotografías con inscripciones de 1920 y después, donde las fiestas en casa de mi abuelo arequipeño retumban aún y en las que entre todos los disfrazados (eran los carnavales) veo a mi tío Alfredo vestido de gitano y martillando un recipiente que tiene pinta de ser de cobre.

En otra foto está mi madre con sombrero “tarro” y mi padre de Arlequín. Veo también a parte de mi familia paterna, en la hacienda, en el Cuzco, con una leyenda que dice “Los Echegaray-Pareja” y los bigotes y borceguíes nos hablan de un tiempo en que aún en el campo, muchos hombres usaban corbata.

Sería casi imposible describir cada foto. Difícil y aburrido para quien no tiene nada que ver con ellas. Son recuerdos intimistas, no fotografías de exhibición. Lo mismo debe suceder a quien guarde imágenes de otro tiempo y de su propia gente. Rostros anónimos, en muchos casos deslavados por un tiempo que es implacable con lo perecedero.

Alicia está revisando… fotos. Así de paso elimina las que la muestran como era cuando no se gustaba y aquellas que han perdido importancia, por el tiempo, la ocasión o algún personaje no grato. Es como borrar partes de la memoria. Tendemos a guardar mucho, hasta que un día nos decidimos a hacer limpieza y nos encontramos con vacíos en el recordar. Es entonces cuando eliminamos.

Podría estar escribiendo mucho sobre las fotografías. Con el advenimiento de la cámara digital, estas se almacenan también en discos y su proliferación corresponde a la facilidad de toma y su almacenamiento también fácil y barato.

Antes, cuando uno quería una foto especial personal, iba al “estudio fotográfico” y allí sobre el fondo que se escogiera, quedaba plasmado el grupo familiar o la persona. Después, copias en blanco y negro adornaban desde sus marcos, lugares estratégicos de la casa, o esperaban la iluminación colorística. Esto, por supuesto, antes de la fotografía a color propiamente dicha.

Como profesional m ha tocado realizar material creativo para Kodak y Fuji. En Kodak aprendí que uno ofrece recuerdos. Mucho más que una simple fotografía. Hoy que los teléfonos celulares con cámara fotográfica han banalizado y popularizado “tomar fotos”, ello se ha convertido en algo que cualquiera puede hacer, cuando quiera.

¡Qué lejos veo a mi padre y su carpa de revelado…!

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