LOS INCA.


El domingo, al hablar por teléfono con mi hermana Teté a Arequipa, cosa que hago religiosamente todas las semanas, me dijo que estaba bien, pero muy triste, porque había muerto nuestro primo Manuel. En Arequipa, a pesar del crecimiento ciudadano, el sentido de familia es muy fuerte. Los Gómez de la Torre, la familia de mi madre es oriunda de allá y Teté vive permanentemente en esa tierra desde que se casó en mil novecientos cincuenta y dos, además de ser Arequipeña de nacimiento. La muerte de Manuel Gómez de la Torre Valdivia, la golpea mucho. Primero, por el cercano parentesco, segundo por la amistad forjada a lo largo de los años y tercero, porque Manuel vivió en casa, en Barranco, cuando estudiaba en la FAP. Hijo de mi tío Julio, hermano mayor de mi madre y de mi tía María, lo recuerdo con su bigote galante a fines de los cuarenta y principios de los cincuenta. Estaba alojado en casa y allí iba cuando los fines de semana salía de Las Palmas a descansar. Vivía en una habitación del segundo piso y lo que más recuerdo es el olor penetrante de sus cigarrillos, que después supe que eran Inca, los de cajetilla azul, blanca y amarillo. Olor a cigarrillo negro, en una casa donde nadie fumaba. ¡Como no iba a recordar su olor para siempre! No me acuerdo mucho más, salvo alguna encomienda que mis tíos le enviaban, las cartas que le escribían y los vales que alguna vez encontramos mucho tiempo después con mi madre y que decían de su paso por la cantina de cadetes de la FAP. Cantina, que a todas luces (por los consumos) era un restaurante. Manuel nunca fue aviador y se volvió a su Arequipa natal, para trabajar en el colegio militar de la ciudad, donde seguramente estudió la secundaria. Que yo recuerde, conservó el puesto por muchos años. ¿Por qué digo y cuento esto? Porque la llamada a mi hermana hoy y su triste noticia, se juntaron a otra similar, de la que fui avisado hace un par de días. Había muerto Gilda, casada con Pancho, el hermano menor de mi padre. Pancho, dentista asimilado a la policía, también vivió en la casa de Barranco. Allí, al frente, conoció a la que sería su esposa. Vivían en una casa de altos y me acuerdo de Ana y Ernesto, hermanos de Gilda. Recuerdo también a su mamá, a la que le diagnosticaron cáncer y creo que falleció de vejez. Gilda, mi tía Gilda, me decía “Lolo” y fumaba como una chimenea, en la época en que pocas mujeres lo hacían. Luego de un periplo por el Perú, en razón de la asimilación terminaron viendo en la calle Tumbes, en Barranco, donde Pancho tenía consultorio. Sus hijos, Juan, Javier y Julio César eran entonces bien cercanos a mí. Especialmente Juan, que se graduó de médico y celebrándolo, le estalló un aneurisma cuando salía de la piscina en que estaba bañándose y murió instantáneamente. A Javier, lo recuerdo en su coche, muy pequeño, recién operado de una malformación interna, que requirió que casi lo partieran en dos, para acomodarle los órganos y que mi madre, que fue a visitarlo al hospital, el regreso, contaba horrorizada que lo tenían en una especie de “mantequillera” transparente, refiriéndose sin duda a una carpa con oxígeno. El destino juega a los dados y mi primo Javier creció, se enamoró de una chica que vivía a pocas casas de la mía, se casó y enviudó. De Julio César o “Coco” no supe más nada porque como sucede casi siempre, la vida nos ha llevado por diferentes caminos. Ahora que Manuel y Gilda no están aquí para leer esto, me pongo a pensar que algunos recuerdos van por el lado de la familia materna, cosa curiosa, porque sin ser muy grande, de los Echegaray tengo innumerables cosas que traen mucho a la memoria. El tiempo pasa, las imágenes de las fotografías se desdibujan y los olores familiares se desvanecen para a veces, perderse en el espacio. Sin embargo quedan momentos que para uno resultan claves, porque así se recuerda. La muerte de Manuel y Gilda no hacen sino reafirmar en mí que el espíritu puede más que la materia y que almacenados en la memoria quedan los que quisimos y querremos siempre. Y el título de esta nota, “Los Inca” me retrotrae a una época, que aunque nebulosa para mí, sé que fue feliz. 14. 11. 2010.

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Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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