AGENDAS


No me animo a echarlas a la basura. Tengo muchas, de años que han dejado como recuerdo noticias aparecidas en diarios y más personales, las agendas.

Puedo remontarme a 1980 y abrir la agenda de ése año por un día específico para traer a la memoria lo que hice entonces, especialmente en la oficina. Así también guardo fechas de cumpleaños, eventos que se repetían anualmente y datos señeros. Claro, encuentro que hay que pagar la luz o tengo que ir al colegio de mi hija menor.

¿Porqué guardo las agendas? Supongo que es el miedo a perder datos valiosos, o un cierto sentimiento de temor al ver que trescientos sesenta y cinco días han pasado ya. Que hay un nuevo año a las puertas, listo a ser usado.

Mi manía de guardar agendas me ha hecho llamar a teléfonos ya inexistentes, a enterarme que fulano no está más en ese puesto importante o que tuve un perro llamado Altai, y que era un siberian husky.

Las agendas me llevan a épocas atareadas y a ocasiones de aparente ocio, pero siempre me llevan hacia atrás como una máquina del tiempo que tuviera los mandos en reversa. Hojeándolas me asombro a veces lo atareado que estaba en cierta época y la gente insólita que conocí.

Una  agenda es mucho más que fechas, puede ser un arma cargada con medias horas o un remanso de lectura y recuerdos. Es bastante más que nombres, números y anotaciones. Es todo un año en la vida de su poseedor, y el entrelazamiento de esta con otras vidas. Es una especie de Facebook privado.

Hace mucho tiempo, mi amigo Julio Romero que era Presidente de McCann Erickson en Lima, descubrió que parte de su gente iba a hacer un free lance subrepticio.

Fue donde el cliente, que era amigo y se sentó a conversar. Creyeron que él también hacía el free lance y finalmente esperaron a los que faltaban. Cuando su gente entró no tuvo más que hacer la presentación. Y allí estaba él, muy serio. Todo terminó pero de la filípica de Julio no se salvaron. ¿Cómo lo supo? Por la agenda de escritorio  de uno de ellos, que cuidadosamente había anotado la cita. ¿Julio curioseaba las agendas? No. Leía al revés y así se enteró de algo que no tenía por qué saber.

Las agendas pueden revelar la personalidad de su dueño y contar muchos de los que él cree que son secretos. Un mensaje que debería aplicarme: ¡Cuidado con la agenda!”

Y aquí termino, con el firme propósito de destruir las mías, pero anotando los datos importantes. ¿Cuáles?

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