LAS GRABADORAS.


Cuando supe de las grabadoras fue siendo muy niño. Mi padre trajo a casa un artefacto extraño que usaba un hilo de  acero.. ¡para grabar!. La magia se desenrollaba y hacía surgir música o mi voz, puesta en el hilo antes, mediante un micrófono que tenía unas aletas superiores, lo que le daba un  aerodinamismo extraordinario. El micrófono era de escritorio, o sea que tenía un vástago tubular que se enroscaba en una base circular. Recuerdo muy bien los carretes que contenían el hilo, eran de metal y tenían un marbete para escribir, además de la marca, supongo.

Esta novedad la trajo mi padre del entonces Ministerio  de Fomento y Obras Públicas, Dirección de Caminos donde trabajaba. Fue mi primer encuentro con una grabadora. Como lo he dicho, la magia tecnológica permitía sonar coherentemente a un hilo metálico si uno sabía usar los comandos  adecuados.

 Los carretes con el hilo quedaron en casa, inútiles sin la grabadora. Nunca más se volvió a hablar de ella y supongo que regresó a su lugar de origen ministerial.

La segunda vez que una grabadora entró en mi vida, fue cuando ya había salido del colegio y mi padre, haciendo Dios sabe qué sacrificios me compró una marca SONY en CARSA de las galerías Boza.

Seguramente fue pagada en partes e hizo ingresar, de veras, la música en mi vida. La recuerdo perfectamente. gris, con cubierta imitación tela. Los Dos parlantes  pues era estereofónica, actuaban como tapa. Dentro, otra vez la magia permitía grabar en una cinta plástica lo que uno quisiera, o reproducir cintas pre-grabadas. Mi primera compra fue una cinta de estreno del Tijuana Brass, con el popular trompetista Herb Alpert.  La oí una y otra vez, pues ya había escuchado mil veces la cinta de demostración que tocaba jazz y daba instrucciones en inglés. Conservo todavía la cinta con la música aunque no tenga la grabadora.

Cuando me puse ducho en su uso, me atreví a ofrecer un programa radial, a través de mi tío Juan aun amigo de él apellidado Guimet, que creo tenía radio San Isidro. En mi casa, ayudado por el tocadiscos de mi madre, Áurea Granda, hermana mayor de mi amigo el “Chino”, que hacía de co-locutora, grabamos varios capítulos de media hora de “Jazz al Anochecer”, destinados a vender un producto en el que yo me creía experto. Algo sucedió pero quien era el programador de la radio, de nacionalidad chilena, adujo mil y un argumentos y explicó que el programa no había salido al aire      en la fecha programada. Creo que después salió un par de veces y allí quedó el proyecto. Era una edad muy poco aparente entonces para un “disc jockey” que además ofrecía música difícil en verano.

Con la grabadora y en tocadiscos más la colaboración de las transmisiones por TV del Festival de San Remo, logré armar mis propias cintas, con aplausos y todo, contando que mis padres en ése entonces en Italia, habían grabado ”en vivo” la música desde el Casino Municipal de San Remo. Seguí divirtiéndome, pero confesé mi impostura. Supongo que la falta de entrevistas a los ganadores  de cada fecha, hicieron poco creíble mi versión.

La grabadora sirvió después para estudiar en la “Escuela Superior de Relaciones Públicas y Turismo del Perú” donde ingresé. Allí grababa mis copias y estudiábamos en grupo con Fernando Váscones y varios otros. Yo era “tecnológicamente avanzado” gracias a un artefacto más bien casero, que nadie tenía ni utilizaba de esa manera, o al menos era lo que creía, pues en mi círculo de amistades, la grabadora  una verdadera ventaja diferencial.

Tiempo después, la SONY que me acompañaba a todas partes, me permitió entrar al TUC. Mi amigo Jorge Chiarella, en una mañana de playa en la Herradura me pidió si podía ayudarlo con “el sonido” de una obrita que estaba montando. Acepté y fue lo primero que hice para el público (y lo último) en materia de grabaciones. Luego haría afiches, escenografía y vestuario. ¡Hasta actuaría en el Teatro de la Universidad! Allí, en el teatro, conocí a la que es hoy mi esposa, Alicia, que estudiaba pintura y claro, teatro.

La grabadora fue empeñada a un prestamista, para satisfacer una necesidad de dinero. Nunca pude devolver la plata con los intereses y la grabadora pasó a poder del que me había prestado la plata. En resumen, perdí la grabadora.

Sin embargo la SONY con sus  dos parlantes y dos micrófonos me permitió conocer a quien no sólo sería la madre de mis hijas sino el amor compañero de la vida.

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