LA MECEDORA.


Me Me siento y oscilo tranquilamente de atrás hacia delante y viceversa.

La mecedora que está en la sala me sirve como un lugar tempranero para pensar –por ejemplo- mientras espero por la mañana que venga a recogerme el señor Enrique en su taxi, para ir a la universidad. Me tomo un cuarto de hora “libre” desde las seis y media hasta las seis y cuarenta y cinco, después de haber corrido a medias la cortina y abierto la ventana para que Pierce, la gata, salga si quiere, después de una noche durmiendo a los pies de la cama.

La mecedora era de mi madre. En realidad su historia se remonta bastante más atrás, cuando mi abuelo Francisco, en Arequipa,  obtuvo una serie de muebles ingleses fruto de nunca supe bien qué transacción, de la empresa del ferrocarriles, de la que era abogado. Lo cierto es que la mecedora en la sala de mi casa ha recorrido un largo camino hasta llegar allí. Mi madre la trajo de Arequipa cuando mis tías se la entregaron como recuerdo, supongo. Ya vivíamos con ella aquí en la casa de San Borja y había muerto mi padre. Mi hermana se la envió y ella la hizo arreglar: cambio de asiento (poniéndole esterilla tejida real), ajuste general, pulido y barnizado. La mecedora no tiene tornillos. Es antigua, pues.

Ahora que lo pienso, me siento en el lugar donde se han sentado varias generaciones de Gómez de la Torre y seguramente han puesto sus posaderas varios apellidos ingleses trasplantados a una ciudad cuyo nombre dice ¡are-quepay! –¡aquí nos quedamos!-. En esta silla oscilante se debe haber leído novelas, tomado el té equilibrando alguna delicada taza de porcelana casi traslúcida japonesa (conservo dos, también recuerdos de los recuerdos de mi madre), rezado rosarios y dormido siestas.

Nada especial tiene esta mecedora, pero es el mueble que más uso en casa además de la cama y el escritorio. Es más, cuando vienen visitas, me siento allí y su movimiento suave acompaña la conversación de una manera admirable.

Guardo en la memoria, a María Antonieta, vencida por la modorra de la tarde, cabeceando, acomodada en la mecedora con un cojín que atado en la cabecera, facilitaba el apoyo. También la veo hojeando el álbum donde las fotografías de sus nietos y bisnietos le recordaban seguramente que la vida sigue y se prolonga despacio como el movimiento acompasado de la mecedora.

Solo la traslado de lugar cuando viene Fernando, el peluquero y una vez al mes hace sonar sus tijeras para cortar mi pelo. Esta es una de las comodidades de las que disfruto. Fernando viene a casa, al terminar su trabajo y mientras elimina los cabellos sobrantes, conversamos de Chincha, su tierra, de cómo va su negocio, de la coyuntura social o política y de su familia y la mía.

 Coloco una silla en el lugar de la mecedora, porque allí hay luz y espacio para que Fernando pueda trabajar tranquilo. Cuando termina, la mecedora vuelve a ocupar su lugar y yo me olvido que está allí hasta que inconscientemente me siento y dejo volar la imaginación moviéndome de atrás para adelante y de adelante hacia atrás.

16.5.2010

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