EL JABÓN.


Acabo de cambiar el jabón que uso en la ducha.

El anterior ya era un pedacito informe al cual le estaba sacando las últimas reservas, pero que en realidad ya no servía más que para terminar de deshacerse en la mano o en la jabonera cerámica empotrada en la pared revestida de mayólica gris claro.

La pequeña masa que fue jabón ha ido a dar al basurero del baño y de allí, lo que quede recalará en el basurero general de casa para entrar en una bolsa negra y por la noche esperar que el camión que recoge la basura del barrio, se lo lleve. Allí se irá lo que fue un jabón, ideado, fabricado, empacado, vendido, comprado, transportado y finalmente extraído de su envoltura de papel brillante para reemplazar al anterior que tuvo el mismo recorrido y final.

De pronto me he puesto a pensar en el jabón. Algo que usamos a diario y que si está en el lavamanos que usamos Alicia y yo, conoce, mientras dura, nuestras manos y nuestras caras básicamente. A veces cuando viene alguien que pasa al baño que está en el segundo piso –donde está ese jabón- conoce también sus manos. En cambio, el jabón de la ducha se encuentra con dos cuerpos diariamente y los recorre mientras el agua tibia que cae hace que se deslice por la superficie irregular de las piernas, la espalda, el cuello, el pecho y –púdico paréntesis- todo lo demás. Este jabón nuevo que acabo de colocar para que sea un útil reemplazo, empezará su viaje de reconocimiento mañana temprano e irá desprendiendo su fragancia elegida un poco al azar.

Antes uno “olía a limpio”. Ese aroma que resultaba de la mezcla de agua y jabón llenaba la mañana al empezar el día o a veces las noches, antes de dormir, cuando de chicos nos bañábamos para ahorrar tiempo a la mañana siguiente. Ahora el aroma del jabón se mezcla con los del champú y el acondicionador,  el del talco, la espuma para afeitar y el after-shave (en caso de afeitarse, claro), el desodorante, la colonia y ya. Si uno es previsor o tiene suerte, la mayoría de las fragancias serán la misma, pero por lo general ahora el olor a limpio es una mezcla que estoy seguro harían arrugar la nariz a un experto perfumista.

El jabón de la ducha da inicio a este olor recorriendo nuestro cuerpo y despertándolo totalmente con esa autocaricia que nos damos como deseándonos buenos días. Ese jabón que suele ser de tamaño grande para que dure más y no se deshaga en una babosa costra que se adhiere a la jabonera. Jabón que normalmente tiene la misma forma o a veces alguna que “se adapta a la mano y a los contornos del cuerpo”. Jabón que viene en mil fragancias distintas, con componentes curiosos y que nos salta con sus múltiples variedades. Jabón, finalmente. Algo tan sencillo y de uso diario que como muchas cosas, lo echamos de menos cuando no está o ya se ha convertido en unos restos que no pueden usarse.

Lima, 9.5.2010

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