CAJAS.


En estos días en los que estamos desocupando una habitación de la casa, han comenzado a aparecer. Como las muñecas rusas, hay cajas una dentro de otra y ésta dentro de otra. Eso supone muchas cajas de todos los tamaños con contenidos diversos, pero en su mayoría papeles.

Es cierto que el encuentro de viejas conocidas de lata, guardadas seguramente por no contar con sitio,  Una caja de galletas, por ejemplo, decorada íntegramente  con motivos florales y que trae a la memoria lonches en casa de mi madre o quietas tardes pasadas con ella, conversando de cualquier cosa y trayendo  a ese instante, sucesos que ocurrieron hace años.

Hay también pequeñas cajas de lata, donde el olor me recuerda que contuvieron tabaco  para mis pipas.  Son danesas de marca Mac Baren Mixture, y tienen un velero antiguo impreso en la tapa. Debe ser porque antiguamente ver una pipa, era ver un marino.

También apareció una lata en forma de casita, de 1967, de la marca M & M’s, que contuvo estas “lentejitas” de chocolate, cubiertas de azúcar coloreada. Hay también una antigua caja de lata de “Old Spice” que me trajo un tazón con jabón de afeitar y colonia con el aroma clásico de estos cosméticos masculinos. Encontré también una caja, de colección seguramente, de Coca-Cola, que anunciaba la bebida en un  vaso, en fuentes de soda. Hay una cajita de cigarros puros pequeños, marca “Calumé” que dice (en inglés) “El sabor pacífico´ y anuncia que dentro hay 20 piccolos, 100% tabaco de pipa y a los costados, también en inglés, dice que el sabor es el de un campo de pinos, y parece estar hecha en USA. Estos “puritos” eran muy populares para fumar después de las comidas y recuerdo que había unos llamados  “Café Créme” cuyo nombre era obvio para el momento de fumarlos. Como la crema  que corona el café con que finalizaba la comida.

Las cajas de lata, sin ser coleccionista, me hacen tener presente a las pastillas “SUCRETS” que servían para aliviar el dolor de garganta y que a veces comíamos a falta de caramelos, aguantando su fuerte sabor. Recuerdo también una cajita oval dorada con etiqueta negra, que contenía unas pastillotas de carbón que le recetaron a mi padre y que tomaba junto con el desayuno. Para un niño resultaba casi mágico que su padre tomara carbón vegetal.

Las cajas que he ido abriendo para descubrir contenidos insólitos o esperados, son cajas de leche “Gloria” que originalmente contenían 24 latas grandes, de cigarrillos (por ahí había una vieja de tabacalera  “Valor”)  o cajas varias de aceites y otros productos de consumo. Muchas de estas estaban casi deshechas y le costó más de un susto a Cristian cuando su contenido se esparció, haciéndole perder el equilibrio en la empinada y endeble escalera que llevaba hasta donde estaban.

Hay todavía cajas llenas que sé guardan papeles que algún día podré necesitar, pero se ha reducido su cantidad en mucho y ciertas cosas encontradas fueron guardadas nuevamente. Allí, al amparo del sol, las cajas siguen guardando sus ya no tantos secretos y esperan pacientemente  otra “limpieza” o revisión que haga brotar mágicamente lo que un día se guardó.

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