FIN DE AÑO.


No puedo dejar de poner unas letras hoy, el último día del año.

Un año que trajo de todo y en el caso del que esto escribe, un infarto cerebral a fines de mayo, que me dejó totalmente fuera de circulación por el resto de los 365 días. Ya recuperándome, solo quiero agradecer a quienes tendieron su mano amiga y a mi familia que estuvo a mi lado siempre.

Este ha sido un año, que como siempre, tuvo alegrías y tristezas. Para mi, ha sido un año difícil, en el que sólo miré los toros desde la barrera, deseando estar en la arena.

Se va este 2010 y en unas horas será un nuevo año y enero. Empezaremos nuevamente.

Estoy seguro que lo vamos a hacer bien. Todos.

Feliz año nuevo!!

ANIVERSARIO


Hoy, treinta de diciembre, cumplimos Alicia y yo un nuevo aniversario de matrimonio. A pesar de los años pasados y las viscicitudes, ese mil novecientos setenta y uno está muy cerca. Muy cerca del corazón.

A veces parece que hubiera sido hace unos instantes, el que Augusto Vargas S.J. nos casó por la iglesia en la parroquia de la Virgen de Fátima, en Miraflores. Yo con mi terno oscuro y una corbata plateada que mi madre y Alicia habían comprado antes junto con una camisa con bastitas. Alicia, muy bonita y alegre como siempre, vestida de blanco y con unas florecitas en el pelo.

Recuerdo que en el nerviosismo del día, dejé puestas las llaves del VW en el contacto y este parado en plena Colmena, frente al hotel Crillón, donde pasaríamos nuestra primera noche juntos. Un botones subió hasta la habitación para avisar… No se llevaron el carro! Los ladrones o no sospecharon o no estaban interesados en un VW viejo o como se dice a veces, eran gente honrada.

Cuantas anécdotas de esos días y cuántas después.

Los años han pasado con sus altas y sus bajas, pero aquí estamos. Nos tenemos el uno al otro y nada más. No hay nada que los herederos puedan después reclamar. Nada material ni de valor pecuniario.

Dos hijas, dos nietos (mujer y hombre) y dos yernos que se llaman igual, con la diferencia de una letra: Christian y Cristian. Toda una vida con el camino hecho juntos.

Ahora, al mirar atrás uno reconoce errores y corrige, afianzando, el rumbo. Porque «el mar del mundo, está de escollos lleno», como dice el himno de mi colegio. Con los años, seguimos navegando y sabemos que cuando a cualquiera de los dos nos toque llegar a puerto, este será en definitiva el mejor.

DESPUÉS DE NAVIDAD.


Hoy, 26 de diciembre, es el cumpleaños de mi padre.

Él ya no está, porque se fue para no ver más las miserias de este mundo.

Mi amigo Jaime envió un mensaje recordándolo y el Chambo, otro amigo querido me ofreció lugar para plantar un árbol en su «Estancia Gozosa» cerca a Lima. Con ello cumpliría el dicho de tener un hijo (tengo dos hijas, dos yernos maravillosos y una nieta de 16 y un nieto de un año y meses), escribir un libro (La PUCP, tuvo la gentileza de publicarme «El pasado se avecina. Historias del Barranco.» Gracias a todos los que lo hicieron posible) y plantar unárbol, que con este ofrecimiento, digo, se completaría el viejo dicho para hacer de mi vida algo pleno (aunque uno espere seguir siempre, mientras pueda).

En fin, que en este día después de Navidad, como siempre, festejo en mi corazón al hombre que me enseñó con el ejemplo, lo más importante que sé y que muchas veces no supe aprovechar, sino tiempo después, cuando él ya no estaba,  para agradecerle personalmente.

Feliz día, Manuel Enrique!

POR NAVIDAD


Este blog ha tenido sus silencios, pero no puede quedarse callado ante una fecha que es lo mejor que ha pasado al mundo. Es Navidad y la paz debe llegar a todos los corazones que la necesitan y desean. Esa paz que sólo da el saberse amigo de todos en este planeta.

FELIZ NAVIDAD para todos!!

LAS MÁQUINAS DE ESCRIBIR.


La primera máquina de escribir con la que tuve relación fue una Hermes “Baby” de color gris, pintura corrugada, portátil y metálica. Estaba bastante trajinada y al principio, cuando la conocí, tenía puesta una cinta de algodón con tinta de color azul. Hoy que todo lo escrito se imprime en negro, el color sería un distintivo más.

La Hermes era usada especialmente por mi padre, para preparar sus discursos, escribir las cartas que enviaría a sus hermanos Domingo y Martha, a Arequipa y para muy pocas cosas más. De seguro mi madre la utilizaba, pero creo que siempre prefirió escribir a mano, con su letra muy legible. Así he encontrado algunas listas de mercado y varios escritos cotidianos, propios de un ama de casa, además de copias de oraciones y rezos personales que seguramente llenaban los vacíos del día, junto con escuchar música clásica y leer un manoseado Nuevo Testamento.

La Hermes le sirvió a mi hermano en la universidad, pero  a pesar de ser portátil y muy liviana, nunca recuerdo haberla visto salir de casa.

Estaba en el escritorio. Una habitación que tenía balcón y ventanas. Me veo curioseándola, sentado ante una mesa-escritorio, de color indefinido y cajones con cosas de mi padre y maravillándome con ese artefacto del cual salían palabras que después eran dichas ante el público o algún micrófono. Tímidamente, mi dedo recorría las teclas, hasta que en un rapto de escritor, las dos manos hacían destrozos atracando los martillos con los tipos, por tratar de imitar a quien sí sabía escribir a máquina con los diez dedos.

Mucho tiempo vivió la HERMES con nosotros. Casi indestructible, soportó los embates de el pequeño que era yo y el uso que le dieron los distintos miembros de mi corta familia.

Teté, mi hermana, se había casado ya y vivía en Arequipa, o sea que si ella la usó fue cuando venía a Lima, de vacaciones, para que sus hijos chiquitos, disfrutaran con ella de la playa de Agua Dulce, sus barquillos y las carpas listadas de azul, rojo y verde.

En esta  máquina de escribir dí mis primeros tecleos y compuse, seguro, mis primeros versos también. Recuerdo que la usaba , luego de mucha preparación, más tarde, para escribir mis cartas de respuesta a una “pen pal”, o amiga por correspondencia que tenía en Argentina y que se llamaba Lita, cuya foto guardaba cuidadosamente en mi billetera, pues era la primera amiga mujer de verdad que yo tenía. Lita, que de seguro era mayor que yo, respondía siempre a mano y la foto que me envió, con dedicatoria y todo, la mostraba como tal, una mujercita mayor que yo, con peinado bombé y un gran vestido con pliegues, sobre un sillón. ¿Qué será hoy de Lita? No recuerdo su apellido, pero las neuronas me traen aires italianos al evocarla. El hecho es que fue mi primera amiga por carta, amiga de fuera del Perú y a quien escribía laboriosamente, en la HERMES “Baby” de casa.

Tiempo después, mi hermano trajo una “ Olympia” , alemana, color crema y grande. Es decir una verdadera máquina de escribir de oficina, con teclas a tono, salvo un par verde y rojo, que indicaban cosas especiales. Nunca fue de mi agrado esta máquina grandota, que no se podía mover y me impedía llevarla en mis viajes fantásticos emprendidos desde la terraza de debajo de la casa de Ayacucho 263.

Luego vino una especie de interregno  y de este guardo hasta ahora dos máquinas, una Olivetti “Lettera”. Que me regaló mi suegra Hortensia y como buena italiana, la funda es azul con un original diseño de letras (“Lettera”, pues) y que además está intacta. La otra perteneció a mi madre (cuando ya escribía a máquina) marca “Olympia” Splendid, modelo 33, también portátil, con una cubierta de plástico rígido y de color crema. Allí aparece la “Triumph” que me asignaron en McCann Erickson cuando empecé allí como redactor. Es curioso que no guarde memoria de otras, que debo haber usado en diferentes lugares hasta que, tal vez por eso, inicié una vida en la que las teclas fueron importantes y generadoras de dinero, además de sueños. Cuandi llegué a lo que sería mi primera agencia de publicidad, me dieron un escritorio, que tiempo después identifiqué como “de periodista”, con su máquina de escribir atornillada a una superficie que se daba vuelta y hacía aparecer y desparecer la “Triumph” a voluntad, mostrando ora un escritorio liso, ora una baqueteada máquina de la cual saldrían los textos que yo, como novel redactor publicitario pergeñaría. Recuerdo hasta el papel,  de tipo “bulky” y era usado. Por la cara impresa llevaba los controles de audiencia a mimeógrafo y yo usaba la otra cara para escribir. Reciclábamos ya entonces, sin saber lo que hacíamos y nos quejábamos (éramos dos redactores cuando yo llegué) porque una multinacional ahorraba a nuestra costa, sin pensar que los pequeños ahorros hacen las grandes fortunas.

Cuando pasé a Kunacc como Jefe de Redacción (ya lo dije en algún otro lado, jefe de mí mismo, porque era el único redactor) cambié de máquina de escribir, pero durante un tiempo usé una portátil color marrón claro metálico, que era mía o heredada de mi hermano mayor. Allí empecé a escribir y, lo recuerdo siempre con gran cariño, el “Cumpa” Donayre, maravilloso periodista y fabulador, era mi Director Creativo. La oficina que compartíamos estaba dividida en dos y allí, gracias a él, escribí y publiqué en el dio “Correo” mis primeros cuentos. El primero, “Barranco, tiempo de amar” fue ilustrado por alguien del diario y puso una pareja besándose con fondo del “Puente de los Suspiros”. Nada más lejano del texto, que era el inicio de varias estampas barranquinas, que más que cuentos, eran recuerdos de un lugar para vivir y soñar, que se marchaba a toda prisa. Hago esta pequeña digresión, porque gracias al “Cumpa” es que vi en letra de molde mis primeros trabajitos literarios, que entonces eran ( y lo siguen siendo) un verdadero divertimento.

En “Correo” publiqué “El hombre de la máquina”, ahora sí un cuento corto, casi una anécdota, sobre un hombre que subsistía gracias a su máquina de escribir, haciendo cartas de amor, solicitudes y cuanto se le presentara, a pedido y a cambio de unos soles.

Luego fui cambiando de trabajo y conservé la máquina con la que hice mis primeras labores en Kunacc. De las otras máquinas que debo haber tenido, no me acuerdo. Solo sé que en un sitio preferencial de mi memoria, queda el aviso de la máquina eléctrica de escribir IBM, a bolita: “Una cabeza piensa más que muchos brazos” y que me sigue pareciendo genial. Ya casi nadie usa máquinas de escribir y menos de bolita, lo que prueba que el recuerdo de una buena frase publicitaria, tiene más vida que el producto mismo.

Cuando compré mi “Canon” chiquita, muy portátil, a pilas y  de color crema en la cubierta, y antracita de cuerpo había pasado el tiempo. La “Canon” era en realidad un procesador de texto, El primero que veía y tenía. En él usaba mi papel de escribir que decía “de la máquina de escribir de manolo Echegaray” impreso en color marrón chocolate. En realidad lo usé antes, desde que trabajé como “free-lance” pero no puedo disociar a esa maquinita del papel impreso personal.

Tengo una máquina antigua, que en apariencia no sirve y que me regaló hace unos años mi hija Paloma. Es marca “UNDERWOOD” bastante trajinada, de reglamentario color negro y teclas cromadas que cubren con una fina película, estilizadas letras.

Luego vinieron las computadoras, pero esa es otra historia en mi aventura de escribir.

 

 

FOTOGRAFÍAS.


 

Tengo miles de ellas.  Heredadas y propias.

Aún guardo los negativos en vidrio, tomados y revelados por mi padre y sus fotos en papel, donde experimentaba con colores completos, pintura y otros. Es que, como ya lo dije antes, Manuel Enrique tenía entre sus más caras aficiones, la de fotógrafo. Fotógrafo al estilo antiguo: capturando el instante y pasando por hacer todo el proceso, con una máquina de pino (cajón) y un cuarto de revelado que era una carpa, que viajaba con él en sus andanzas por el Perú, como Ingeniero Civil. Lo pongo con mayúsculas, porque serlo, en esa época era verdaderamente heroico.  Campamentos de meses y compañía de obreros, libros y la fotografía. Por eso, al revisar mucho del material guardado, he encontrado vistas de lugares lejanos, curvas de carretera y pueblitos cubiertos por la nieve y seguramente hoy desaparecidos o convertidos en ciudades.

Pero el registro fotográfico también abarca la familia de mi madre, algunos amigos, la familia en sí, formada por mi padre, me madre y los hijos, incluido Lucho, que murió antes que yo naciera, cuando tenía siete años. A esto se suman fotografías de nietos y biznietos y las propias tomas, hechas o acumuladas a lo largo de los años.

Ahora que acomodamos cosas, una maleta grande alberga la mayor cantidad. Fotografías que esperan que ni hija Paloma las pase a registro digital, para no perder sus imágenes en el tiempo, como han perdido muchas de ellas su significado, pues sin leyenda y muertos quienes actuaban de memoria viva, han quedado convertidas en estampas de épocas que pueden a veces adivinarse por el vestuario, o algún detalle revelador.

En muchas imágenes hay personas que sonríen para el instante, o posan serios de cara al futuro o exhiben su sorpresa. Personas que han desaparecido hace muchos años y que entonces eran los animadores de tardes interminables, noches de fiesta, o paseos hasta donde la naturaleza lo permitía.

Veo claramente en el recuerdo, una imagen en la que sólo reconozco a mi madre y a mi padre jóvenes, rodeados de quienes deben ser amigos suyos, sentados en una amplia escalera en la ciudad de Trujillo.

¿Cómo lo sé? Porque dice “Trujillo”, está el año y por lo que yo sé, todos sus parientes estaban entonces en Arequipa, Cuzco y Lima. Son amigos pues, es Trujillo y mis padres disfrutan después de un almuerzo con quienes los acogían en esa vieja ciudad norteña.

He encontrado muchos álbumes que guardan ordenadamente fotografías con inscripciones de 1920 y después, donde las fiestas en casa de mi abuelo arequipeño retumban aún y en las que entre todos los disfrazados (eran los carnavales) veo a mi tío Alfredo vestido de gitano y martillando un recipiente que tiene pinta de ser de cobre.

En otra foto está mi madre con sombrero “tarro” y mi padre de Arlequín. Veo también a parte de mi familia paterna, en la hacienda, en el Cuzco, con una leyenda que dice “Los Echegaray-Pareja” y los bigotes y borceguíes nos hablan de un tiempo en que aún en el campo, muchos hombres usaban corbata.

Sería casi imposible describir cada foto. Difícil y aburrido para quien no tiene nada que ver con ellas. Son recuerdos intimistas, no fotografías de exhibición. Lo mismo debe suceder a quien guarde imágenes de otro tiempo y de su propia gente. Rostros anónimos, en muchos casos deslavados por un tiempo que es implacable con lo perecedero.

Alicia está revisando… fotos. Así de paso elimina las que la muestran como era cuando no se gustaba y aquellas que han perdido importancia, por el tiempo, la ocasión o algún personaje no grato. Es como borrar partes de la memoria. Tendemos a guardar mucho, hasta que un día nos decidimos a hacer limpieza y nos encontramos con vacíos en el recordar. Es entonces cuando eliminamos.

Podría estar escribiendo mucho sobre las fotografías. Con el advenimiento de la cámara digital, estas se almacenan también en discos y su proliferación corresponde a la facilidad de toma y su almacenamiento también fácil y barato.

Antes, cuando uno quería una foto especial personal, iba al “estudio fotográfico” y allí sobre el fondo que se escogiera, quedaba plasmado el grupo familiar o la persona. Después, copias en blanco y negro adornaban desde sus marcos, lugares estratégicos de la casa, o esperaban la iluminación colorística. Esto, por supuesto, antes de la fotografía a color propiamente dicha.

Como profesional m ha tocado realizar material creativo para Kodak y Fuji. En Kodak aprendí que uno ofrece recuerdos. Mucho más que una simple fotografía. Hoy que los teléfonos celulares con cámara fotográfica han banalizado y popularizado “tomar fotos”, ello se ha convertido en algo que cualquiera puede hacer, cuando quiera.

¡Qué lejos veo a mi padre y su carpa de revelado…!