FICCIONES


www. ficcion.cinequo.com

Levantarse temprano un día cualquiera y que el taxi que nos lleva a la universidad ruede por avenidas y calles pavimentadas, donde los semáforos funcionen, los peatones crucen por las esquinas y la gente de a pie se salude.

Que los alumnos lleguen temprano, no bostecen de sueño y presenten los trabajos que se les pidió sin necesidad de recordárselo.

Que el correo electrónico no parezca un basurero con cantidades apilables de spam.

Que al ir de la universidad a la oficina los microbuseros no abusen del tamaño de sus vehículos, no compitan por el pasajero, se detengan en las esquinas y no a mitad de la cuadra.

Que los cobradores de los micros no pregonen a gritos su destino.

Que a ningún alcalde se le haya ocurrido romper pistas para «recuperarlas» y que los huecos que la capa asfáltica ofrece sean solamente un mal recuerdo.

Que las compañías privadas que construyen edificios en cualquier calle o avenida no se apropien del orden del tránsito, bloqueándolo o convirtiéndolo en un difícil slalom.

Que los policías no se hagan de la vista gorda ante el frenesí con el que los microbuseros infringen y destrozan minuciosamente cada norma y regla del tánsito.

Que los vehículos den preferencia a los peatones.

Que los peatones no crucen con luz roja, por media cuadra o lo hagan distraidamente.

Que los peatones no caminen y crucen hablando por celular o escuchando por los audífonos sus I Pod.

Que los delincuentes se olviden de lo fácil que resulta arrebatar carteras, maletines o celulares a quienes caminan por calles y jirones.

Que los niños, mendigos y vendedores ambulantes no asalten las ventanillas de los autos.

Que los limpiadores de lunas comprendan de una vez por todas que nadie les dará nada por ensuciarlas, como hacen.

Que los choferes se den cuenta que la bocina no acelera ni las luces rojas ni el tránsito.

Que los vehículos oficiales respeten la norma de no usar sirenas ni circulina.

Que los choferes de microbús hagan caso cuando los pasajeros les rueguen bajar la velocidad.

Podemos continuar con las ficciones, porque todavía no hemos llegado ni a la mitad del camino en un día cualquiera. Seguiremos…

LA COMBI


Imagen:  angustiodelacalle.files.wordpress.com/

Todos los que anoche vieron el programa de Jaime Bayly en  canal 2  TV, fueron testigos de -para mi- uno de los jemplos más claros y didácticos que se han ofrecido en un medio de comunicación.

«La combi» ha logrado dejar en claro apetitos y trasfondos que estuvieron olvidados o pasaron desapercibidos. Seguramente mucho se debe estar escribiendo sobre este tema y ello abona en popularidad para Jaime y su cacareado proyecto presidencial.

Con la sorna que le caracteriza, Bayly destruyó minuciosamente a José Barba, desnudándolo con citas, bromas, recuerdos, marchas y contramarchas. Asistimos al apedreamiento de un personaje cuyo techo de vidrio lo hace peligrosamente débil, aunque su segura tranquilidad haga presagiar una impermeabilidad absoluta o un techo de vidrio oscuro y con blindaje especial.

Los vericuetos políticos y su total indiferencia ante el zigzagueo de lealtades que ostenta, así como su desparpajo para enfrentar desde una pateadura fraterna hasta la admisión en cámaras acerca de que su partido es «de tres» (con una baja inmediata al desmarcarse Bayly ya entonces), para tiempo más tarde afirmar que sus partidarios forman legión, son asombrosos.

Bayly demolió a Barba y salpicó a Kouri sin que la sangre llegara al río, a pesar de los «cuatro millones de razones» que esgrimió para no votar por él.

La combi le pareció maloliente, le asquearon los anteriores pasajeros y se encontró con un «hermano indeseado». Se bajó de la combi. Y si es cierto que en política no hay que ser ingenuo, mi pregunta es: Para qué subió?

MIS LIBROS


Escribir sobre mis libros es como hacerlo acerca de mis amigos.

Esto que suena a lugar común, es cierto en mi caso. Tengo –gracias a Dios- muchos amigos humanos. La vida me ha permitido llegar a personas maravillosas a quienes considero mis amigos, con todo lo que eso significa. Hombres y mujeres que sin pertenecer a mi familia directa, son esa especie de familia adicional, variopinta y hermosa que me acompaña a lo largo del tiempo desde donde estén y donde esté yo. Muchos se han ido al barrio eterno, como me gusta decirle a la muerte, y su compañía es curiosamente más sentida. Mis amigos que se fueron antes lo hicieron sólo por un instante para volver y enseñarme caminos que a mí nunca se me hubieran ocurrido. Compañeros de ruta, forman ese grupo sin tiempo que sigue adelante junto con los que todavía respiramos y tratamos de llegar.

Esos son mis amigos humanos, pero los otros (además de Pierce la gata) son los libros. Objetos que cumplen tantas funciones en la vida y cuya misión es sin duda acompañarnos. Son también compañeros de viaje –aquí en la tierra- y en mi caso son parte inseparable desde que tengo memoria.

Mi padre, gran lector, me incentivó desde siempre para que lo imitara. Una vez me dijo que lo único que no me podrían quitar eran mis recuerdos y entre ellos, lo leído. La lectura se hizo un hábito en mí como lavarme los dientes o vestirme por las mañanas. Aprendí a leer de un modo natural, porque en casa se leía normalmente y los libros además de ocupar una habitación que se llamaba escritorio (y habría de haberse llamado biblioteca) que quedaba en el segundo piso en la casa de la calle Ayacucho y luego otra en la de 28 de Julio en el primer piso que ocupábamos, estaban por todas partes. No en forma caótica, sino con ese modo especial de quedarse que tienen los objetos que se usan cotidianamente y aparecen a veces en lugares insólitos como el baño, la cocina o un pasillo.

Los libros fueron los primeros amigos del niño que fui y que tenía once años menos que el hermano que le antecedía. En ellos aprendí a leer, conocí los rudimentos del inglés (“Bow, wow. See Spot run! Run, run, run!”), descubrí las palabras y conocí lugares que ahora sé nunca voy a ver. Estuve en el Egipto de los faraones y me adentré en la selva de la mano de Emilio Salgari. Navegué con Sandokán y di la vuelta al mundo con Phileas Fogg (“en un juego que tenía capítulos” como escribiría luego en algún relato juvenil).

Sería interminable enumerar mis aventuras literarias, los conocimientos que adquirí y las sorpresas que me llevé. Una vida haciendo cuando se puede lo que a uno más le gusta, es algo poco común, supongo. Mis libros han significado siempre el puente hacia otras inteligencias, hacia tiempos remotos y lo que une fantasías de los más diversos tipos. La imaginación, esa máquina maravillosa que nos lo permite prácticamente todo, utilizó siempre como combustible principal y hoja de ruta los libros. Los libros más variados que se han renovado constantemente y que siempre son nuevos aunque los años les pongan amarillas las páginas y se desencuadernen. Aunque en los bordes de las hojas tengan anotaciones y su texto esté lleno de subrayados hechos con lapiceros, lápices o resaltadores (que se desvanecen con el tiempo).

Muchas veces vuelvo a comprar títulos que leí hace muchos años y después presté y no me devolvieron, o se quedaron en algún viaje que imposibilitaba tenerlos conmigo como hubiera querido. Es como encontrarse con viejos conocidos y en la conversación descubrir nuevas facetas que antes no habíamos percibido. Por supuesto que hay muchos que sé que no voy a volver a encontrar y es entonces cuando mi memoria se activa – aún más si es posible – y trato de reconstruir minuciosamente la parte física y el contenido. Sin llegar a extremos, hay libros que no se han borrado totalmente de mi recuerdo, gracias a este ejercicio que mi cerebro todavía permite.

Si alguien me preguntara cuál es mi libro preferido, no sabría qué responder. Creo que cada época tiene sus favoritos y aquellos que van sedimentándose en la memoria para constituir el tejido personal con el que uno se abriga y acompaña resultan ser los preferidos. Lo bueno –y malo a la vez- es que hay una miríada que nunca conoceré, aunque me gustaría tener la posibilidad de una mirada abarcadora que pudiese verlos todos y atisbar aunque sea un poco más de ese saber al que no llegaría por más que viviera. Los libros son ventanas, son puentes, son cajas simples o cajas chinas. Son como las muñecas rusas que contienen siempre una más en su interior. Un libro son todos los libros, porque te van llevando de un lado a otro y si te descuidas lo más probable es que termines perdido en una inmensidad sideral. Felizmente perdido, diría yo.

Cuando leía el pequeño y manoseado “Hacia Hispahan” de Pierre Loti, que amorosamente hice encuadernar hace unos tres años con tapas de cuero, y me situaba –niño- en una ciudad fabulosa, perdida en la memoria occidental, me imaginaba sentado allí, con miles de libros a mi alrededor y con todo el tiempo para leer en el silencio roto solamente por el paso de las caravanas de camellos que con sus campanillas anunciaban que la Ruta de la Seda unía a muchos mundos. Hay libros a los que mientras pueda, volveré. Están allí, esperándome en la biblioteca (que yo también llamo – erróneamente creo – escritorio) ubicados en los estantes, sin ningún orden preconcebido, aunque numerosos intentos de catalogarlos hayan dado como resultado una especie de acomodo. A veces detrás de algunos encuentro pequeños tesoros antiguos que me retrotraen a lugares, instantes o personas. Entonces me siento y voy recorriendo los paisajes de la memoria y un nuevo viaje con escenarios conocidos y novedades halladas, se inicia.

Leer es un don maravilloso. Por eso, cuando la isquemia cerebral me dejó ciego por casi tres meses, el mundo pareció derrumbarse. Mi mundo. Hasta que descubrí que mi padre tenía razón cuando dijo que lo único que no me podrían quitar eran los recuerdos y claro, lo leído. Ahora veo, no muy bien, pero puedo leer. Gracias a Dios.

EL RUIDO MEDIÁTICO.


El ruido mediático toma camino electoral.

Sazonado con escándalos faranduleros, noticias de crónica roja, desgracias naturales y coyunturas varias el camino que la hiper inflada «información» que desconcierta, marea y tramposamente «orienta» va tomando un cauce previsible. La invasión de los espacios que el ciudadano tiene por las ofertas, promesas y toda esa retahila de temas inmediatistas que personajes de diverso pelaje a los que parece unir la ambición del poder hace, se empieza a tornar más fuerte.

La bulla crece y se tvolverá ensordecedora. Aparecerán nuevos medios con «la única misión de informar», financiados por intereses ocultos o no tanto y nos convertiremos más que en receptores, en vertederos. Y sin embargo, las trampas siguen, las sacadas de cuerpo también.  Se afilan los cuchillos de la distracción y los espejitos que marean a los electores brillan al sol con más fuerza.

Ayer un taxista reflexionaba sobre «cómo van a dejar nuestra ciudad con tres elecciones casi seguidas», mientras pasábamos debajo de un par de pasacalles que demostraban aspiración edil. Y yo pensaba en la ciudad de Lima, en las ciudades del interior del país y en los ciudadanos. Y pienso también que mi profesión es «hacer bulla», es decir, llamar la atención para ofrecer y convencer: soy publicista. Pero aprendí a hacer certeros los mensajes, a lograr que sean efectivos y tengan resultado positivo. No se trata de jugar a la gallina ciega y ver si se le acierta a alguien. Los españoles tienen una frase: «marear la perdiz» . Y eso es lo que sucede con toda esta cacofonía visual y auditiva: marea.

COCA COLA


No es un panegírico a la bebida oscura. Sucede que soy de la “generación Coca Cola” (o sea, no de la “Generación Pepsi”) y desde que recuerdo la bebo para refrescarme. Es cierto que he tomado otras gaseosas infinidad de veces, pero siempre vuelvo a “The real thing” como la llamaba la popular campaña publicitaria que se tradujo al español como “La chispa de la vida”, perdiendo para mi gusto el verdadero sabor y significado, como suele suceder con las adaptaciones que se hacen al cambiar de idioma. Traductor traidor, dice la frase.

Mi vida ha transcurrido entre “una Coca-Cola y otra Coca-Cola y otra Coca-Cola…”. Y si bien es cierto que exagero, confieso que me gusta. He pasado de la original a la Diet Coke y luego en busca de lo más cercano al sabor original, tratando de evitar azúcares excesivos engordantes, a la Coca-Cola Zero que hoy tomo. Me ha tocado en varias oportunidades ser creativo publicitario con la cuenta de Coca-Cola a mi cargo. Casi siempre hice adaptaciones y “ajusté” la comunicación al mercado donde me desenvolvía. Pero Coca-Cola siempre ha sido, es y será una bebida gaseosa norteamericana. Por más que se produzca y embotelle en muchísimos países, el concentrado (el sabor) viene de USA, como la marca, el concepto y casi, casi hasta la idea de bebida gaseosa. Alguna vez he visto la imagen que dice “Yankees go home!” con un personaje que tiene una botella de Coca-Cola en la mano….

Sobre la historia de este fenómeno mundial centenario es mucho lo que se puede escribir y hay muchísimo por leer. En Internet busco el nombre y aparecen 42’200,000 entradas en 0.14 segundos. Como diría un alumno mío: “ ¡…O sea!”

Se me podrá decir que todos los males que tengo vienen por tomar Coca-Cola y que sería mucho más feliz si no la bebiera. Seguramente. No contradigo su opinión y mientras tanto me tomo una Coca Zero y cuando sus burbujas me hacen cosquillas en la boca, miro la botella individual, de vidrio verde que tengo entre mis libros y que hace más de treinta años me sirvieron (llena, por supuesto) en un chifa en San Borja y al curiosearla descubrí que era un envase bastante golpeado que tenía una inscripción © 1941 y que había llegado a mis manos allá por el 1977, luego de un viaje inimaginable, casi como una confirmación de esta curiosa ‘adicción’ que me ha ido siguiendo a través de restaurantes, bodegas, bares y claro, agencias de publicidad (en realidad una sola: McCann Erickson, pero en más de un país).

Salvo la botella citada, no colecciono nada de Coca-Cola. Tenía el libro “Dios Patria y Coca-Cola”de Pendergast, pero lo presté y desapareció. Tengo “La guerra de las colas” de Roger Enrico, pero es la historia de un “mee too” versus “the real thing”.

Y ahora que recuerdo, guardo –hecha flecos- una cinta de grabadora de carrete con un comercial para Coca-Cola: mi primer comercial de radio en McCann Erickson Perú como redactor, hecho realidad por el gran Willy Toledo. Comercial que no puedo escuchar porque como dije, la cinta está hecha flecos, pero que guardo en la memoria.

Hay mucho que contar de mi relación con “la pausa que refresca” y es tal vez una de las poquísimas cosas que conservo de mi niñez, junto con los anteojos y la afición por las novelas de aventuras. Confieso haber sido infiel y publicitado otras marcas (nunca Pepsi) y confieso también que nunca encontré otra cola negra que tuviese el chispeante sabor de Coca-Cola y que –cerebro mediante- me llevara a tantos lugares felices.

Insisto en que este no es un panegírico. Es sólo el comentario de un fan.