SER AMABLE.


De pronto la edad nos vuelve «renegones» y por eso muchas veces lo que escribimos es poco amable o si podemos, sarcásticamente hiriente. Es decir, no somos lo suficientemente amables como para ser leídos sin sobresaltos o fruncimientos.

Creo que lo que sucede es que como decía Vallejo: «…la resaca de todo lo vivido se te empoza en el alma» y en cada opinión se nos rebalsa un poco ese pozo que se ha ido acumulando en una ciudad como Lima, en un país como el Perú, en un continente como América Latina y en un mundo como la Tierra. Es decir, no encuentras escapatoria, cuando el lema general es «No te preocupes hermanito, nadie se va a dar cuenta; déjalo así nomás».

Lo digo, porque cuando veo la estadística de lectores de mi blogcito, me doy cuenta que crece cuando la «amabilidad» de lo que escribo sube. La amabilidad y la inocuidad. O claro, también puede ser que nunca mis posts alcancen cotas interesantes y sólo cuando algún titular se manifiesta osado o contestatario la lectoría aumenta.

En fin, a veces decir lo que uno ve o siente no resulta  amable ni grato. Pero creo que hay cosas que no se deben callar. No se trata de hacer hígado y  ver únicamente el lado malo de la cuestión, pero estamos como estamos precisamente porque en general no nos importa mucho lo que pasa. Estoy seguro que tampoco importan mis posts, pero a mí me sirven para decir lo que no me gusta, no me parece o con lo que no estoy de acuerdo. Por supuesto que también sirven para celebrar lo bueno, aunque curiosamente pareciera no ser tan grande  como lo otro. Lo digo sin ser pesimista, ojo, ya que siempre he creído que las cosas pueden ir bien si nos ocupamos de que ello suceda, no sólo si nos «pre-ocupamos».

Nada más. Esta vez mi amabilidad se expresa en terminar aquí.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.