FIN DE SEMANA.


Hoy es sábado por la noche y me siento para escribir este post con nada preconcebido. El título -bastante genérico- lo delata.

Este es el fin de semana anterior al siguiente, en el que termina abril. Sin querer han pasado ya cuatro meses del año y el camino se acorta hacia el final. Cuatro meses que a mi me han parecido muy cortos, especialmente en estos dos años electorales en el Perú, donde tres elecciones nos distraerán y requerirán de nuestra atención. Peligrosamente cerca a ese 2012 objeto de libros, películas y que los mayas anunciaron como el cambio de época (con o sin cataclismos, según los diversos autores que traten el tema).

También es un fin de semana cualquiera, con café y conversaciones, con lecturas tranquilas y pequeños trabajos que corrigen atrasos que han ido acumulando los días. Un fin de semana de estos en los 63 años que llevo dando vueltas, tratando de vivir lo mejor que se pueda en la medida de las posibilidades.

He llegado a casa y no hay luz en las calles por alguna avería en el sistema seguramente. Pasada la reja termina la boca de lobo y entro en una zona donde la electricidad no se ha ido y me permite sentarme y escribir, esperando que lleguen visitas que  comunicaron que vendrían a charlar un poco. Unas pequeñas pizzas ya listas, bebidas gaseosas y algo de snacks de bolsa para entretener la conversa. Pierce, la gata, fuera, merodeando en busca de aventuras por el jardincito exterior y sacándole provecho a una oscuridad en la que ella ve perfectamente.

Un sábado por la noche, primer día de este fin de semana hasta ahora normal y sin mayores estrépitos.

Luego vendrá el domingo y arrastrará sus horas hasta llegar a algún programa nocturno de TV, más escuchado que visto, a lecturas intermitentes y preparación del lunes. “Un lunes cualquiera” como decía el spot de Telefónica que me gusta.

Y así, avanzar por los días de la semana hasta el siguiente sábado en que mayo se convierte en mes y se celebra (donde se celebre) el Día del Trabajo, el Primero de Mayo.

Afuera, lejos, un estruendo como de choque pero sin asomo de bocinas. Debe ser otra cosa o yo he escuchado mal.

Fin de semana. Como ven, sin mucho qué decir pero con ganitas de escribir algo.

SER AMABLE.


De pronto la edad nos vuelve “renegones” y por eso muchas veces lo que escribimos es poco amable o si podemos, sarcásticamente hiriente. Es decir, no somos lo suficientemente amables como para ser leídos sin sobresaltos o fruncimientos.

Creo que lo que sucede es que como decía Vallejo: “…la resaca de todo lo vivido se te empoza en el alma” y en cada opinión se nos rebalsa un poco ese pozo que se ha ido acumulando en una ciudad como Lima, en un país como el Perú, en un continente como América Latina y en un mundo como la Tierra. Es decir, no encuentras escapatoria, cuando el lema general es “No te preocupes hermanito, nadie se va a dar cuenta; déjalo así nomás”.

Lo digo, porque cuando veo la estadística de lectores de mi blogcito, me doy cuenta que crece cuando la “amabilidad” de lo que escribo sube. La amabilidad y la inocuidad. O claro, también puede ser que nunca mis posts alcancen cotas interesantes y sólo cuando algún titular se manifiesta osado o contestatario la lectoría aumenta.

En fin, a veces decir lo que uno ve o siente no resulta  amable ni grato. Pero creo que hay cosas que no se deben callar. No se trata de hacer hígado y  ver únicamente el lado malo de la cuestión, pero estamos como estamos precisamente porque en general no nos importa mucho lo que pasa. Estoy seguro que tampoco importan mis posts, pero a mí me sirven para decir lo que no me gusta, no me parece o con lo que no estoy de acuerdo. Por supuesto que también sirven para celebrar lo bueno, aunque curiosamente pareciera no ser tan grande  como lo otro. Lo digo sin ser pesimista, ojo, ya que siempre he creído que las cosas pueden ir bien si nos ocupamos de que ello suceda, no sólo si nos “pre-ocupamos”.

Nada más. Esta vez mi amabilidad se expresa en terminar aquí.