LAS SILLAS MUSICALES


La imagen que dan muchos de nuestros políticos jugando a las sillas musicales es verdaderamente desastrosa.

No se dan cuenta que todos los demás  miramos con asombro, suspicacia y asco.

Creen que nada es importante salvo el poder y su acto de travestismo ideológico, partidario o incluso personal les trae sin cuidado y alegremente declaran nuevos amores (cuando en realidad es el viejo amor al tornillo el que los mueve o mejor dicho, fija) y miran diferentes horizontes avizorando extensiones de tiempo que logren su permanencia «un rato más».

Lo que esperan no es el cambio aunque cambien de camisa, maquillaje o máscara. Esperan que para ellos todo quede igual. No se han fijado que se los observa y  no pueden engañar a nadie. Que en esta época de comunicaciones instantáneas, andan como el rey del cuento cuyo hermoso traje no existía y en realidad estaba desnudo. No importa cuánto ayayero eleve cánticos en su honor y cómo las zalemas les hagan entornar soñadoramente los ojos. Se pasean como vinieron al mundo, mostrando sus vergüenzas y sus miserias; sus pequeñeces y su poco valor.

En este juego de las sillas musicales nadie quiere perder; todos rezan porque la melodía no se detenga y si lo hace amagan trampas los que a pesar de todas sus argucias se quedan sin sitio.

Pocas veces se ha visto tal transparencia. Muy a su pesar son como son y no como quieren que los vean. Para ellos la imagen es la personal, la que se construyen en su imaginación. Estoy seguro que la realidad les dará más de una sorpresa volviéndolos a su triste realidad.