LOS GASTADOS


Acabo de leer en el blog  ClubCultura.com, el post que transcribo aquí.

Las grandes marcas siguen haciendo de las suyas y usan a terceros para evadir responsabilidades.

Naomi Klein con “NoLogo” lo denunció ya en el año 2000; han pasado nueve largos años: Cuántos muertos?

Es para reflexionar.

Por Álvaro Otero – ClubCultura.com

Cuando uno viaja por el tercer mundo no suele ver gente con vaqueros envejecidos prematuramente, o, como se suele decir, gastados. A los pobres de solemnidad, a quienes se le aja la ropa de tanto usarla, a quienes sólo tienen para un pantalón y una camisa, el hecho de que alguien pueda pagar más por algo que parece más viejo les parece una excentricidad incomprensible. Hace algún tiempo, cuando era más joven y llevaba de vez en cuando vaqueros con agujeros, me sentí bien ridículo ante las bromas de unos amigos africanos cuando, en un viaje por el continente, me vieron aparecer vestido de esa guisa. Y de esas risas he vuelto a acordarme esta semana, al leer las informaciones aparecidas en algunos medios de comunicación españoles sobre el escándalo monumental montado en Turquía al respecto de los vaqueros gastados. Al igual que en el entorno de Nápoles la mafia ha creado fábricas clandestinas que trabajan para las grandes marcas de moda –como bien describe Roberto Saviano en Gomorra-, en los alrededores de Estambul ha surgido una red de centros donde, en deplorables condiciones de trabajo, se envejecen vaqueros proyectándoles arena con un tubo. Este sistema, conocido como sandblasting, está prohibido en Europa porque genera polvo de sílice que, si penetra en los pulmones, acaba provocando la terrible silicosis. Normalmente, y como saben bien muchos mineros españoles, la enfermedad tarda diez o más años en aparecer, pero las infames condiciones de esas fábricas turcas que envejecen nuestros vaqueritos han hecho que las fibrosis pulmonares aparezcan a sólo tres meses de comenzar a trabajar. Hay ya más de 5.000 personas, con una media de edad de 23 años, afectadas por esta patología, 5.000 personas condenadas en plena juventud a un lento y progresivo calvario hacia la muerte. Como suele ocurrir, las grandes firmas no contratan directamente a estos chiringuitos infames, sino que lo hacen las subcontratas de las subcontratas, pero, no obstante, algunas informaciones apuntan a Levi´s o Mavi Jeans, entre otras. Y esto ocurre en Turquía, un país en el disparadero de salida para entrar en la UE –algunos, con buen criterio, como Giscard d´Estaing, se han pronunciado en contra de esa candidatura-, aunque hay fundadas sospechas, sino pruebas, de que en otras naciones más pobres la situación podría ser muchísimo peor. Por ello, más que nunca, a los muchos certificados y homologaciones –CE, ISO…- que hemos inventado en Europa para asegurar la calidad de nuestros productos y procesos, se hace urgente y necesario sumar la creación de alguno similar que nos garantice que, sea de donde sea el Made de nuestra ropa, haya sido manufacturada respetando unas dignas condiciones de trabajo. El ejemplo de Turquía sirve para recordarnos que esa exigencia empieza por nosotros mismos, por nuestra soberana decisión de compra. Mucho más efectiva, a la postre, que cualquier ayuda al desarrollo.

Escrito por Álvaro Otero a las 9:20

TÉRMINO Y COMIENZO.


Entraremos muy pronto al año 2010.  En realidad esto es más simbólico que otra cosa, pues los días son básicamente iguales; lo que cambia es la actitud. Se “quema” el año viejo con todo lo que supone de cargas y males; la bienvenida al nuevo año es una especie de “borrón y cuenta nueva”.  Sin embargo la tierra continúa con sus giros, las olas siguen bañando las playas y  los animales se aparean como siempre, de acuerdo a su instinto. Insisto que el cambio se da en las personas.

Sin embargo es una buena fecha para echar fuera la piel anterior,  como las serpientes,  dejando atrás lo viejo y gastado. Es una buena fecha para empezar haciendo las cosas bien y deseando que todo sea mejor en éstos 365 días que vienen.

Es una buena fecha para felicitar, felicitarnos y enderezar caminos; para empezar agendas, inaugurar calendarios y prometer. Actitud, actitud, actitud.

Cambiando el día, este año se podría parafrasear al  spot de TV: “Un día cualquiera en el que nos acostamos un jueves y nos levantamos el viernes sintiéndonos más hermanos”.

Escritura y estilo.


Tengo sobre mi escritorio “The Economist Style Guide”  y el  “Diccionario de atentados contra la lengua española”.

Los llevaré a la oficina para que quienes escriben los miren y no sólo satisfagan su curiosidad, sino que les saquen provecho. Me parece sensacional que alguien se entusiasme en verlos y me haga un correo al respecto.

Y digo que me parece sensacional porque en ésta época parece que el estilo, el idioma e incluso el escribir son temas pasados de moda; recuerdos de otro tiempo. La velocidad ha hecho que la mayoría seamos descuidados en una forma de comunicación que solía estar destinada a permanecer: “Lo escrito, escrito está”  decía el refrán; y hoy las prisas impiden que revisemos, hacen que usemos una ortografía “natural” donde la casa se confunde con la caza y un sobretodo es usado en lugar del sobre todo.

Es malo ésto?   Es ir abandonando las costumbres. Primero no nos lavamos las manos y éso va avanzando hasta que las personas se espantan y huyen de  nuestro “olor natural”  fruto de no bañarnos más.

El idioma, cualquier idioma, es una sistematización que permite el entendimiento de los seres que lo practican.

El idioma escrito son las convenciones que llamamos letras o símbolos y que con un entrenamiento más o menos laborioso, hacen que podamos comunicar nuestros pensamientos para que alguien que no nos oiga y nos lea, pueda entenderlos.

Larga es la historia de la escritura y muy grande la batalla del hombre por hacerse entender. Sin embargo, ahora pareciera que escribir -comunicarse- estorba. Me dirán que las abreviaturas que se usan en los correos electrónicos y en los mensajes de teléfono son una nueva manera de usar el lenguaje, abreviándolo y simplificándolo. Para qué? Para escribir más rápido y decodificar del mismo modo. A mí, en español, escribir “te kiero” es distinto a “te quiero”; debe ser porque la k  es una letra poco o nada española y endurece lo que toca….

Se me dirá que es lo moderno y que lo que sucede es que yo estoy en contra de la modernidad. No lo creo.

Desde laescritura simple y cuneiforme se avanzó y ahora parece que volvemos a la simplificación: “Yo Tarzán, tú Jane”, “toy knsado tks”.  Es difícil describir un paisaje y disfrutar  del sonido de las palabras con abreviaciones y simplificaciones que  parecen los puntos y rayas del alfabeto Morse.

Para mí es un placer escribir, leer, corregir, reescribir y dejar reposar para luego volver a leer y dar pequeños toques que son como las especias (y no especies, por favor!) a la comida. Pido disculpas porque en éste teclado nunca he sabido abrir interrogaciones o admiraciones; por éso lo hago a la manera inglesa: cerrando nada más.

Cuando leo un libro y  encuentro errores de ortografía, maldigo al corrector que debe hacer su trabajo. Si existen errores de construcción o de situación, maldigo al autor si escribe en español y al traductor si lo hace desde otro idioma. En todos los casos lo considero como una estafa del sello editorial, un robo,  porque me está dando a cambio de mi dinero, un producto fallado.


Lo más probable es que sea un solitario y en la edad de las imágenes, me aferre al texto bien escrito. Es probable pero me siento mejor haciendo un trabajo limpio y sabiendo que a quien me lea en español le será más fácil  entenderme.

106 AÑOS


Manuel Enrique  hubiera cumplido hoy 106 años. Poco más de un siglo.

Mi padre. En quien se hacía realidad perfectamente aquello de “Cusco me nace, Arequipa me cría y Lima me enseña la politiquería”.  Su recuerdo más antiguo, era el de las migas de pan que le picaban en los pies descalzos cuando lo subieron a la mesa del comedor para que viera pasar el cometa Halley.

Mi padre  trató como nadie que las matemáticas me fueran fáciles, sin lograrlo nunca. Respeté siempre su capacidad numérica, expresada en sacar raíz cuadrada de memoria o en resolver acertijos matemáticos. Me parecía de otro planeta que hubiera estudiado ingeniería electromecánica y civil a la vez: sólo de pensar la cantidad de fórmulas aprendidas y cifras escritas aún se me nubla la cabeza.

Mi padre, con su enore afición a la lectura me enseñó a leer. Ningún libro tenía secretos en su biblioteca, pero se preocupó siempre por comprar para mí  los libros adecuados y excitar la imaginación. Recuerdo aún los “cajones de libros” en los cuales llevaba a sus campamentos de ingeniero  (que duraban meses) los libros a leer. Tres cajones rectangulares, largos, muy fuertes y con asas de soga. Físicamente le servían como asiento y eran  contenedores de riqueza intelectual. Cuando terminaba uno, lo enviaba a Arequipa, donde mi madre lo llenaba con novedades y clásicos para devolvérselo donde estuviera. Leyó de todo y estoy seguro que me enseñó con el ejemplo.

Nunca pudimos viajar fuera del Perú, porque nuestra economía de clase media no lo permitía, pero me regaló el mundo a través de los libros. Me regaló la historia, la geografía y los paisajes descritos. Me regaló mucho más de lo que nunca pude soñar.

Desde 1985 lo extraño cada vez más. Le consulto antes de tomar una decisión y me pregunto qué hubiera hecho en mi lugar.  Me río pensando en su parecer sobre ciertas cosas e imagino su furia frente a las eternas desigualdades. No vivió el cambio de siglo y los milenarismos los leyó en retrospectiva. Él ha sido un hombre del siglo XX.

Hizo su tesis sobre los tubos de vacío cuando éstos eran una promesa; construyó carreteras de penetración en la sierra de La Libertad; hizo fotografía en placas de vidrio y reveló sus ropios negativos en una carpa ambulante que lo acompañaba en sus viajes. Vivió su fe católica como nadie y lo persiguieron por eso.  Era ingeniero departamental en Trujillo cuando el alzamiento aprista y fue condecorado con la Orden de San Silvestre por el Vaticano.

Son tantos los recuerdos que cada 26 de diciembre me llenan que a veces prefiero el silencio porque de ése modo sintonizo mejor con él.

INVENTARIO PROVISIONAL: EL NUEVO LIBRO DE BRUNO.


Con Bruno Podestá somos amigos por más tiempo del que podemos recordar.

Amigos de colegio; de ésos que nada te piden porque lo verdaderamente valioso que tenemos es la amistad sin condición alguna.

Es curioso, pero Bruno y yo somos amigos con intermitencias de trato pero de afectos largos e intactos. Cuando él está en Lima y nos encontramos, retomamos de inmediato el hilo de alguna conversación inacabada.

Al enterarme de la publicación de su libro, mi mail de felicitación decía que lo envidiaba- sanamente es cierto- porque él se daba tiempo para hacer lo que yo circunnavego desde hacía tantos años. El carácter de mi amigo le ha permitido, metódicamente, publicar mucho; mientras que yo he dispersado mis escritos y siento que me costaría menos volverlos a teclear que reunirlos.

Pero basta de prolegómenos. Lo que quiero decir es que he disfrutado mucho de ése libro. He conocido más a Bruno y ahora voy por una segunda lectura pausada, luego de haberlo leído de un tirón. En realidad de dos tirones: uno muy corto, en una mesita de la librería “El Virrey” frente a un café que amablemente me invitó Chachi Sanseviero y el otro más largo y que duró toda la tarde del domingo.

Las historias de tíos y primos sicilianos, de Chucuito, del colegio, de los amigos comunes, de Pittsburg y tantos otros hitos que jalonan la vida de mi amigo han sido una revelación. Bruno, con su tranquila sonrisa es una caja de sorpresas, un baúl de mago. Claro, uno piensa que muchas cosas deben haber pasado en los años de su vida, pero conozco personas que se bandean con tres fechas importantes y dos anécdotas pasables: las necesarias para lenar un folletito trunco. Penetrar en su universo y acompañarlo en viajes y peripecias me ha hecho recordarlo en el colegio, generalmente impecable aún después de los más furiosos recreos.


. Curiosa,  la memoria se ha puesto a rabajar y estoy seguro que no descansará hasta completar cuadros y escenas; justamente lo que Bruno hace en un libro que me sorprendió con su empezar abrupto que me hizo maliciar un ejemplar fallado y reclamar por uno al que no le faltaran las páginas de inicio. Este ametrallamiento de imágenes no me dejó soltar el libro salvo en una oportunidad en la que me concedí cerca de una hora para soñar sobre lo leído, lo vivido y lo compartido.

Bruno es calmo, vive en una ciudad en la que “hasta los huecos de las calles tienen historia” y reputada como tranquila en nuestro continente. Pero como bien dicen “…del agua mansa líbreme Dios, que de la otra me libro yo”; lo de mi amigo es superficial. Debajo hay un océano incógnito cuyas mareas atraen a la luna y no al revés.