CON JAIME EN TRUJILLO.


j lértora

Nada que ver con Jimmy en Paracas.

Este Jaime es mi amigo Jaime Lértora (Carrera por más señas y por parte de madre), ingeniero de la Agraria y archiconocido personaje del teatro, la TV y que imparte cursos  de ésos que a todos los que algo tenemos que ver con alumnos nos gustaría poder ofrecer personalmente.

Hace una semana, esperando que llamaran para un vuelo que me llevaría a dictar un curso sobre estrategias  publicitarias, vi (con la poca claridad con la que veo) la figura inconfundible de Jaime. Le pasé la voz y se sentó a mi lado después de las naturales efusiones de quienes se conocen casi desde siempre y se ven poco.

“Nos conocemos desde casi siempre” :  una frase que retrata muy bien nuestra amistad barranquina. Su madre y mi madre eran amigas y compartían actividades “de señoras”  en un Barranco pretérito que si bien no era más  la aldea con cura publicista de Martín Adán, tenía con su airecito provinciano, un ritmo distinto que marcó las vidas de los que allí nacimos y crecimos, con un sello especial.

Jaime y su familia vivían en una hermosa casa de la avenida San Martín y nosotros en otra hermosa casa de la calle Ayacucho. Para abreviar diré que doña Cristina (y espero que la memoria con los nombres no me falle ahora) buscó a María Antonieta y se pusieron de acuerdo para que yo, que hacía mis pininos ayudando en el  TUC (Teatro de la Universidad Católica), conversara con su hijo, fundador del recién creado TELBA (Teatro del Club de Leones de Barranco). Y así fue que el proyecto de ingeniero de la Agraria y un drop out de varias cosas, solidificaron una amistad que venía del barrio, de las familias y de los esporádicos contactos en fiestas juveniles.

Ahí empecé a conocer a Jaime y su pasión por el teatro. Ahí conocí a los maravillosos integrantes de un grupo que era todo ganas de lograr lo que se propusieran; entonces tomé una responsabilidad que me superó siempre y que gracias a cómo el destino ubica los sucesos, devino en un éxito logrado por Telba y Coco Chiarella.

Empezamos a ensayar “Historias para ser contadas”  de Osvaldo Dragún y justamente en ése tiempo logré entrar a trabajar en publicidad y las horas dejaron de alcanzarme y lo bucólico de Barranco se convirtió en el frenesí publicitario de un aprendiz de redactor. Tuve, con pena que dejarle la posta a mi amigo Enrique Urrutia, quien siguió con la tarea que a su vez culminó Jorge Chiarella, ése hombre bueno y múltiple que es capaz de haber estudiado derecho, tocar la armónica magistralmente, ser un reconocido actor, un director execepcional, músico, publicista (y dueño de una agencia) y lo que se llama un promotor cultural de primera. Jorge, que en una mañana de verano y playa de los sesenta me invitó a unirme al TUC para hacer sonido.

Pero bueno, como diría Dragún, ésa es otra historia.

Con Jaime nos encontramos en el aeropuerto y coincidimos curiosamente, casi como siempre: a Trujillo, a la misma universidad y a dictar un curso parte de una maestría; hospedados en el mismo hotel y con vuelos de ida y vuelta comunes.

Otra vez el destino acomoda sus fichas y hace que dos viejos amigos reanuden el hilo de la conversación.

Nos fuimos poniendo al día en tiempos y movimientos y como de costumbre, recuerdos, bromas y personas fueron apareciendo.

Eran maestrías distintas y habitaciones separadas (tampoco tampoco, destino) pero disfruté de éso que sólo se produce entre quienes tienen tanto que han compartido, no importa a la distancia, y que  resumen,  anudan y  entrelazan, hasta que la tela de la vida va completando su tejido.

Es cierto que conversamos en desayunos, un par de almuerzos, taxis y algunos ratos ganados a los horarios, pero ése tiempo ha sido tan rico que  uno se queda  con el sabor de haber  logrado mucho y con la alegría de estirar y compartir un  tiempo  que aunque sea una frase común, fué mejor.

Siempre protestamos y hacemos promesas de volvernos a ver tras estos encuentros enriquecedores. Siempre.

Pero esta vez una distracción mía y la generosidad de Jaime pueden acortar el tiempo. En el hotel de Trujillo dejé el libro que estaba leyendo y reparé en ello al llegar al aeropuerto. Jaime llamó a la recepción y pidió que lo guardaran, porque, me explicó, el 14 de noviembre volvía a dictar otro curso de maestría en la misma universidad, lo recogería y me lo traería a Lima… Salvo que el libro fuera muy interesante para él y en tal caso…”Perdiste, hermano, me lo quedo”.

Espero que Jaime y yo no coincidamos también en el gusto por las lecturas.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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