SON LA MUERRRRRRRTE!


Muchas curiosidades en la Web.

Como estos parlantes / calavera, que pueden ser lo máximo de onda dark.

Qué hubiera dado Hamlet, porque la calavera de Yorick le contestara y además le ofreciera música…

USB, cuánta cosa se puede conectar contigo!!!

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2.5 watt duo, viene con cable de 5V para insertar en cualquier puerto USB.

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FUENTE: http://www.uxsight.com/

TÚ TIENES EL RELOJ, YO TENGO EL TIEMPO


Moussa Ag Assarid

Entrevista realizada por Víctor M. Amela a Moussa Ag Assarid.... 

Moussa: – No sé mi edad: ¡Nací en el desierto del Sahara, sin papeles…! Nací en un campamento nómada Tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier-1. Estoy soltero. Defiendo a los pastores Tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.

Víctor:- ¡Qué turbante tan hermoso…!

Moussa: – Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

Víctor:- Es de un azul bellísimo…

Moussa: – A los Tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados….

Víctor:- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?

Moussa:- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los Tuareg, es el color del mundo.

Víctor:- ¿Por qué?

Moussa: – Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

Víctor: – ¿Quiénes son los Tuareg?

Moussa: – Tuareg significa abandonados, porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: “señores del desierto”, nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (berebere), y nuestro alfabeto, el tifinagh.

Víctor: – ¿Cuántos son?

Moussa: – Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece…. ‘¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!’, denunciaba una vez un sabio: Yo lucho por preservar este pueblo.

Víctor: – ¿A qué se dedican?

Moussa: – Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio….

Víctor: – ¿De verdad tan silencioso es el desierto?

Moussa: – Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

Víctor: – ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?

Moussa: – Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba…. Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre…. Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

Víctor: – ¿Sí? No parece muy estimulante….

Moussa: – Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas…. Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

Víctor: – Saber eso es valioso, sin duda….

Moussa: – Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

Víctor: – Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?

Moussa: – Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!

Víctor: – ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?

Moussa: – Vi correr a la gente por el aeropuerto…. ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro….

Víctor: – Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja…

Moussa: – Sí, era eso. También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté…. Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua…. y sentí ganas de llorar.

Víctor: – Qué abundancia, qué derroche, ¿no?

Moussa: – ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso…

Víctor: – ¿Tanto como eso?

Moussa: – Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos…. Yo tendría unos doce años, y mi madre murió…. ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.

Víctor: – ¿Qué pasó con su familia? <> Moussa: – Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa…. Entendí: mi madre estaba ayudándome….

Víctor: –
¿De dónde salió esa pasión por la escuela?

Moussa: – De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo….

Víctor: – Y lo logró.

Moussa: – Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.

Víctor: – ¡Un Tuareg en la universidad…!

Moussa: – Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella…. Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra…. Aquí, por la noche, miráis la tele.

Víctor: – Sí…. ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?

Moussa: –
Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa…. En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!

Víctor: –
Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.

Moussa: – Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde….

Víctor: – Fascinante, desde luego….

Moussa: – Es un momento mágico…. Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor…. La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pitpit del hervor….

Víctor: – Qué paz….

Moussa: – Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo….


FUENTE: http://www.radiomiami.us

EL ALFONSO.


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Sé que cuando lea ésto, no le va a gustar.

Pero sabiéndolo no puedo dejar de escribir, porque ayer conversamos por SKYPE y la electrónica nos comunicó salvando el tiempo y el espacio que quitan las reuniones, el tránsito y esta vida agitada que va creando vacíos cada vez más grandes entre los amigos.

Reencontrarme con «El Alfonso» (arequipeñismo cariñoso y cotidiano para llamar a mi amigo de más de cuarenta años Alfonso Maldonado) resultó anoche maravilloso para mi, porque hacía tiempo que no podíamos charlar un poco y aunque de por medio estuvieran los «gadgets» que tanto nos gustan a los dos, como de costumbre retomamos el hilo y las bromas se cruzaron de inmediato.

Para quienes no lo conozcan, el Alfonso es el ejemplo perfecto para describir a ésa rara especie de personas dedicadas a una actividad compleja, altamente creativa, que requiere además de conocimientos técnicos vastos y de una inacabable reserva de verdadera magia. Me refiero al personaje que conocemos como director de cine. Porque éso es lo que el Alfonso es desde que lo conozco. Título que en su caso es totalmente reduccionista, porque es muchísimo más.

Tal vez quienes están en publicidad sólo desde hace unos diez años, no logren hacerse una idea clara de lo que el Alfonso es; porque «hacer comerciales» significaba entonces ser un mago todista. Por lo menos así lo veía yo allá por el año 1967 cuando lo conocí y Cine70, su empresa, estaba aún a tres años de nacer.

Recuerdo que nos ofrecían ser «modelos» para actuar en comerciales de televisión por ser miembros del Teatro de la Universidad Católica. Estoy seguro que el pensamiento detrás de tal convocatoria era que como «actores» haríamos el trabajo más rápido que una persona que no tuviera entrenamiento en actuación; razón básicamente económica en una industria que requería y requiere velocidad y costos manejables.

En realidad yo estaba en el TUC por amistades, ya que no estudiaba en la universidad. Hice sonido primero, luego trabajé en la parte gráfica (afiches, programas) y cuando Marco Leclére viajó a Europa, Ricardo Blume me dio la oportunidad para encargarme de la escenografía y el diseño de vestuario, sin dejar el asunto gráfico. Finalmente mi insistencia, la «buena onda» de Ricardo y la necesidad de gente, hicieron que actuara. Mirando en las clases y metiéndome donde no me llamaban, aprendí algo. Entonces me sentía actor, sin darme cuenta de las leguas que me separaban de serlo en realidad. Pero a los 21 años, y más aún en ése tiempo, uno es dueño del mundo.

Así conocí al Alfonso. En Telecine y como ése señor que detrás de una cámara cargada con película en blanco y negro hacía la magia de convertir en comerciales unas ideas que venían en papeles desde las agencias de publicidad.

Él te decía qué hacer, te explicaba, hacía chistes, te gritaba, y adulaba pidiéndote repetir una y mil veces las escenas.

A mi me tuvo dando vueltas en una silla voladora, disparó con balas de verdad para destruir las botellas de «Manzana Oh, Lá, Lá!» en un anaquel de bar simulado delante del cual me escondía tras el mostrador caracterizando a un cantinero de los años veinte, que en un momento dado sacaba la cabeza y decía «Oh lá, lá» poniendo cara de susto. Juro que nunca me demoré tanto en sacar la cabeza ni tuve mejor rostro de terror que entonces.

Ése fue mi encuentro directo con la publicidad y el inicio de una amistad con el Alfonso que siempre ha crecido. Muchísimos comerciales actuados después y como fruto de mi terquedad logré entrar a trabajar en publicidad, porque me había enamorado de la magia y quería ser parte de ella. Quien la descubrió para mi fue él y ha seguido asombrándome a lo largo de los años, no sólo con sus increíbles recursos para lograr cosas inventando inexistentes tecnologías sino con su divertida habilidad como mago, ilusionista.

Lo dicho, que no busca nada sino tratar de explicar lo que le debo a este amigo entrañable y especial; es sólo una fracción mínima de las anécdotas que hemos compartido y de los innumerables trabajos hechos en conjunto durante años.

Por éso al conversar con el Alfonso anoche me dije que en algún momento tenía que escribir la historia de una amistad: la nuestra. Y esta reflexión me ha llevado a postear hoy día porque si no lo hago de inmediato, el tema quedará en el cajón de los futuribles que suelen acumularse allí por falta de tiempo o flojera sin llegar a ser una realidad.

Titulemos pues esta historia como «El Alfonso» y que empiece la fabulosa historia del mago y un aprendiz. Amigo Alfonso no te enojes, por favor.