GARÚA.


Llovizna

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Garúa en Lima, o sea que  llovizna.

Las pistas espejean y se escucha  rodar a los vehículos sobre el asfalto mojado. El tránsito se hace más lento y la congestión atiborra calles y avenidas. Los transeúntes se paran lejos del borde de las veredas para no ser mojados.

Garúa en Lima. llueve finito, persistente y mojadoramente. Se respira ambiente húmedo y los recuerdos de ir al colegio hace ya más de cuarenta años, regresan. Patio brillante, sacos azules perlados con gotitas de agua, zapatos húmedos y charcos donde las palomas del padre Porfirio se detienen a beber o a mirarse. Me viene a la memoria uno de mis primeros ensayos de hai-ku: «En el charco de agua una paloma mira su imagen; al ir a beber, la rompe y vuela asustada».

Garúa con ganas de café con leche y chancay con mantequilla. Con vaho en los vidrios del ómnibus y flojera enorme de hacer las cosas. Con imágenes de «La casa de cartón»; de un Barranco ido pero presente en la memoria, especialmente cuando en cae esta agüita del cielo que lo empapa todo, convirtiendo a la ciudad de Lima  en una especia de película en blanco y negro, vista en el cine Zenith o en el Balta  que curiosamente terminaron siendo supermercados.

Garúa: lluvia de mentira, chompa y bufanda; anteojos empañados y halos amarillos alrededor de las luces nocturnas en las calles. Garúa de invierno retrasado, de cambio climático, de cuento.