JORGE AMADO


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Estoy aprovechando este verano caluroso y bastante quieto, para releer.

Eso se hace con textos entrañables, con autores queridos, con libros que a veces se deshojan por el uso. Volver a lo ya leído es recorrer historias que siempre esconden novedades,  y encontrarse con viejos amigos a la vuelta de la esquina.

De mi desordenada biblioteca tomé “Navegación de cabotaje” de Jorge Amado; libro que tengo subrayado y marcado (tal vez haciendo rima con el apellido del autor).

Nada puedo decir del escritor brasileño más conocido que no se haya dicho ya. Sólo quiero rendir el homenaje de su re lectura intensiva.

Quisiera citar alguno de los párrafos del libro que tengo entre manos, sin que esto signifique violación del copyright:

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“Tengo,  con todo, un cementerio mío, personal. Yo lo construí y lo inauguré hace unos años , cuando la vida hizo madurar mis sentimientos. En él entierro a quienes maté, es decir a aquellos que para mí han dejado de existir, a aquellos que murieron; los que un día tuvieron mi estima y la han perdido.

Cuando alguien rebasa todo límite y me ofende, no me enfado yo con él, no me enojo ni me pongo furioso, no me peleo, no corto mi relación, no le niego el saludo.  Lo entierro en la fosa común de mi cementerio – en él no existen panteones familiares, tumbas individuales, los muertos yacen en la fosa común, en la promiscuidad de la vileza , de la maldad. Para mí, aquel fulano se ha muerto, ha sido enterrado, haga lo que haga, ya no puede molestarme más.

Son raros estos entierros -menos mal!-.  Sólo a veces un pérfido, un perjuro, un desleal, alguien que ha faltado a la amistad, que ha traicionado al amor, alguien que fue excesivamente interesado, falso, hipócrita, soberbio -la impostura y la presunción me ofenden fácilmente. En el pequeño y deslucido cementerio, sin flores, sin lágrimas, sin sombra de añoranza, se pudren unos cuantos sujetos, unas cuantas mujeres.  A unos y a otras los he barrido de la memoria, les he retirado la vida.

Encuentro en la calle a uno de ésos fantasmas, me paro a conversar, escucho, correspondo a las frases, a los saludos, a los elogios, acepto el abrazo, el beso fraternal de Judas. Sigo alelante. Él piensa que me ha engañado una vez más, y no sabe que está muerto y enterrado.”