CURA SOBREVIVE A NAVIDÁ.


Este es un post que HAY que leer.

Me he tomado la libertad de reproducirlo del blog del Padre Enrique; es decir José Enrique Rodríguez S.J., párroco de San Pedro, en Lima. Gracias a Rómulo Franco S.J. por el envío.

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Vivir la tercera edad en el centro histórico de Lima, más cerca del Mercado Central que de la Plaza Mayor es una odisea. Más aún en tiempo de gratificación tardía, compras compulsivas, chocolatadas obligadas, panetón, brindis con dudosos (mi stógamo no duda) espumantes, más panetón, pijamas y pantuflas para la abuelita y el abuelito, HOHOHÓ, etc.

A todo esto, sume usted la gente que quiere bautizar, confirmar y casar esta semana a sus nietecitos que han venido de Australia, Japón, Italia, España, Estados Unidos e Iquitos porque el sábado se regresan y todo (¿qué es todo?) está listo.

Suma y sigue los novios que solo quieren poner un toldo en el jardín, solo traer un saxofonista que toque “Strangers in the night”, solo un conjunto de cámara, solo un mariachi, solo un equipo de música para bailar el Danubio Azul, solo arroz con pato para “invitar a los invitados”.

Aparte de cerrar obras, pagar planillas, comprar panetones y demás para los regalitos, pedir evaluaciones de grupos, ver cursos de verano, supervisar el nacimiento con caída de agua y todo, dar unos permisos y negar otros, atender atribulados y deprimidos navideños, hacer horas de confesionario, recibir dardos porque no atiendo a los pobres, comprar más panetones, soportar un concierto de villancicos (arrrrggg), escuchar más toribianitos (basta, por favor) por calles y plazas.

A propósito de la calle. Tuve una experiencia maravillosa ayer por la tarde que salí a una compra navideña urgente (la ropa del Niño estaba en condiciones calamitosas). En breves minutos, las tiendas comenzaron a trasmutarse del rojo y verde navideño al amarillo de Año Nuevo. Entraban carretillas y carretillas de mercadería para las fiestas de la próxima semana. Sombreros por rumas, costalillos de picapica, calzones (no se si calzoncillos) a raudales. En una hora, el mercado había trasformado el Mercado Central. (Más HOHOHÓ. El wiwichu con japi niu yier).

¿Creen ustedes que puedo haber tenido un rato para reflexionar sobre la Navidad? Ni siquiera pude preparar la homilía con la debida anticipación y seriedad. Pero la misa de gallo (que más bien fue de pollo por la hora) salió muy digna y devota. Concelebramos seis sacerdotes. La liturgia fue fluida, discreta, el coro lo hizo bien, al gloria trajeron en procesión una talla antigua del Niño Jesús (ver foto) mientras tocaban las campanas y encendían las majestuosas arañas de cristal checo para el calatito de la cueva de Belén.

Fin de Misa. Adoración del Niño y bendición de los Niños traídos a que escuchen misa, desde Manuelitos coloniales de maguey a miniaturas de barro cocido con plumas selváticas. Reunión con acólitos y sus familias. De ahí a la casa, pero ya todos se acostaron o están en proceso de pijama, la comida guardada en la congeladora y las luces apagadas.

Oiga usted, pero son las 10.30 p.m. Ah, no es costumbre. Bueno, feliz Navidad almohada. Mejor, porque con lo cansado que estoy… Zzzzzzzz.

Ring, ring. Estoy a cinco cuadras. A vestirse otra vez, conversar hasta casi la 1, feliz Navidad y buenas noches los pastores. Después no apagué el teléfono para que quienes me quieren me sigan despertando hasta la madrugada.

Y para todos los que quiero, feliz Navidad. Que puedan sentir lleno el corazón como hoy lo siento.

P.D.- Vale x 1 tarjeta navideña personal.