UN MAGNÍFICO ARTÍCULO DE PEPE PERLA


En mi barrio de Jesús María, de los años cincuenta, el mundo era un lugar
abierto para todos. El Perú era partícipe de una actitud de brazos abiertos
hacia los extranjeros. En realidad, teníamos que hacer un esfuerzo para caer
en la cuenta que algunos de nuestros vecinos más queridos no eran peruanos.
En solo dos o tres manzanas, había chinos, italianos, chilenos, argentinos,
rusos, judíos, coreanos.

En una de las esquinas de la primera cuadra de la avenida Mariátegui, donde
yo vivía, estaba la panadería Berisso. En la otra esquina estaba la
panadería Malatesta. Al señor Berisso, gordo, calvo y canoso, de nariz
redonda, lo recuerdo sonriente, con las manos atrás, parado en la puerta de
su negocio, con su costalillo de harina como delantal, luego de haber
terminado de amasar. Al señor Malatesta, muy joven, colorado, casi
pelirrojo, nariz aguileña, delgado y musculoso, lo sigo viendo entrar y
salir de su local, más atareado en compras y trámites que en el horno. Ambos
formaron allí sus familias y tuvieron las panaderías como su primera casa,
al menos por veinte años.

Sigo caminando por la vereda de Malatesta y encuentro la casa de los
Dunezat. Él, tostado, alto, panameño, con su buena gomina de profesor de
golf en el Club Los Incas. Aún siento el globazo de agua que furtivamente me
tiró en unos carnavales desde la ventana del segundo piso. Ella, una cálida
argentina de piel color de leche, nos sentaba a la mesa con sus dos hijos y
jugaba «pulga» con nosotros sobre un paño verde.

Casi llegando a la esquina, en una pequeña casita, puerta de calle de
edificio, están los Eusebi: padre, madre, dos hijos y una hija, ya jóvenes.
Los dos primeros altos, pintones. Ella gringa de ojos azules y sonrisa
permanente. Todos completamente bachiches, viviendo modestamente su
esperanza de bienestar.

Finalmente, en la esquina, se encuentra la botica «La Estrella», con el
astro de David iluminado. Es propiedad del judío Yaker, hosco y trabajador y
de Ita, la farmacéutica, su silenciosa y bíblica esposa. Ellos y sus tres
rubias hijas tenían que aguantar en las noches de verano los largos
trencitos nocturnos que hacíamos en patines, girando por la bajadita de la
esquina de su farmacia. Felizmente, nunca nos echó agua, aunque esto siempre
fue un peligro latente.

Para los años sesenta todos se habían mudado del barrio. Habían crecido y
progresado y siguieron su camino. El Perú y nosotros los peruanos, los
acogimos y les permitimos hacer fortuna y por eso supongo que nos
bendijeron. Ojalá que parte de esa bendición alcance a los peruanos que hoy
están siendo expulsados de los países a los que migraron por las mismas
razones que trajeron a tantos extranjeros al nuestro.

De; «PLUMA Y OÍDO

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.