MI AMIGO WILO


Acabo de colgar el teléfono y me he sentado a escribir. Era una llamada de mi amigo Wilo, desde California para saber si me había sucedido algo, porque no respondía a un par de mails que me escribió. Lo tranquilicé diciéndola la verdad, que nada felizmente y que mi silencio internáutico se debía únicamente a que mi computadora personal había estado inhabilitada por varios días. Preguntó por la familia, los amigos, me comentó que había estado en Camarillo (que supongo Texas) y que esperaba ahora por la tarde a un amigo común, Pepe López, que vive en USA desde hace mucho tiempo. Nos despedimos no sin yo agradecerle su preocupación.

Así es Wilo, mi amigo del colegio. Capaz de cruzar la ciudad para cumplir con un pequeño encargo o hacer una llamada internacional porque no has respondido al correo y puede ser que estés mal. Al colgar el teléfono le decía a mi nieta: “ves? así son los viejos amigos”.

No podría decir desde que año conozco a Wilfredo. Y no puedo hacerlo porque hay amistades cuyo inicio se esconde en el tiempo. Simplemente uno es amigo desde que tiene memoria, como se dice normalmente. Nuestra amistad, como la mayoría, ha tenido las intermitencias propias de la vida. Salimos del colegio y dejamos de vernos, luego supe que él andaba dirigiendo noticieros en la televisión, se casó, tuvo hijos y sabiendo el uno del otro por interpósitas personas seguimos navegando por ése río que a veces se ensancha o se estrecha pero no se detiene hasta llegar al mar.

Hasta que en un momento dado coincidimos en intereses profesionales y reanudamos el hilo de las conversaciones. Y desde allí, recordando momentos y compartiendo pasados nos juntamos en un trabajo y continuamos como cuando en el colegio de La Colmena regresábamos después de un fin de semana de no vernos.

Eximio cocinero, Wilo sabe el secreto de los más exquisitos platos y rastrea la historia para encontrar las fuentes de un ingrediente exótico o un generoso vino. Recuerdo nuestras comidas japonesas, regadas con increíbles cantidades de whisky y sazonadas con palabras, citas y búsquedas instantáneas en la memoria de ambos. Él sabe de comidas, yo solamente como; y aprendí cantidad de cosas nuevas escuchándolo o me maravillé de ideas coincidentes en temas muy diversos.

Finalmente Wilo se fue en busca de éso que siempre hemos querido y nunca dejaremos de anhelar. A los bastantes años hizo el viaje a los Estados Unidos para empezar de nuevo. Y allí está. Reescribiendo su vida cuando muchos ya están con ganas de poner el epílogo y otros cerraron la tapa del libro porque sin quererlo se fueron antes.

Sé que ha seguido paso a paso mis últimas peripecias de salud porque siempre me ha llamado desde la dorada California o a través del correo electrónico se preocupa de sucesos ocurridos. Incansable lector, me confiesa mirar constantemente estos varios blogs que yo hago y que como le dije alguna vez, escribo para que lean mis amigos; especialmente los que están lo suficientemente lejos como para no poder compartir juntos un café y los últimos chismes ciudadanos.

Hubiera querido poner una foto de Wilo, de las muchas que en mi archivo tenía, pero todas se fueron como contaba en mi post anterior, perdiéndose entre las vías extrañas del espacio.

Sé que dejo más de mil cosas entre las teclas de la computadora; anécdotas, historias y vivencias. Estoy seguro que Wilo leerá estas palabras y que algunos amigos se pasarán la voz. No se enojen.

No te enojes tú Wilo porque hoy, con tu preocupación por mí le has dado importancia a la tarde de un domingo de Lima, todavía con sol pero recuperándose de un par de temblores, que si creemos a los más viejos, anuncian que se viene el invierno. No se enojen amigos, porque los recuerdo puntualmente a todos. A los que no veo hace tiempo y a los que abrazo a cada rato. Y todos para mi son importantes porque mi vida está hecha por ustedes.