CRÓNICA DE UNA OVACIÓN ANUNCIADA


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Parafraseo el título de GGM aplicándolo a lo que sucedió hoy en el auditorio de Derecho de la Universidad Católica.

 Y hablo de ovación anunciada, porque era de esperarse. Desde que se hizo la invitación para asistir a la ceremonia de entrega de la Medalla Dinthilac a Lucho Peirano, sabíamos que el merecido aplauso sería grande, porque Peirano se lo merecía.

Pero estoy seguro que nadie imaginó la inmensa ovación, con levantarse de público, que se pr0longó más allá de lo imaginable. Fue un aplauso como los que se dan en el teatro cuando el estreno es extraordinario, las actuaciones sobresalientes y el respetable colma la sala; con muchos cierres y aperturas del telón.

Confieso que mientras aplaudía a mi amigo, un par de lágrimas trataron de salir, pero fueron rápidamente contenidas. En ése momento pasaron como en una película a 12 o menos cuadros por segundo, la cantidad de instantes compartidos a lo largo de toda una vida. Y claro, resulta mucho y la emoción suele manifestarse.

Aplaudía a mi amigo, al compañero de caminatas adolescentes, al guitarrero de las zambas argentinas y los valses en replana; aplaudía al personaje con quien viajábamos juntos en un ómnibus cuatro veces al día para ir al colegio y venir de él, cuando éramos chicos. Aplaudía recordando los desayunos de los viernes, los libros prestados y las conversaciones extendidas. Aplaudía en fin, a una parte muy importante de mi vida.

Balo Sánchez León hizo el discurso de presentación. Como sólo él sabe hacerlo describió a Peirano. Mostró sus múltiples facetas y tuvo algunos de los conceptos más hermosos que he escuchado. Balo, el amigo que vino del Markham, hizo reír y sentir mariposas en el estómago del público. Sincero, sencillo, tan original como siempre.

El Rector de la Universidad, ingeniero Guzmán Barrón, luego de una semblanza muy bien hecha, ponderó los méritos del amigo y le impuso la Medalla.

Finalmente, el galardonado, o sea Lucho, hizo un impecable agradecimiento, realizando un recorrido sentimental por instantes, instituciones y personas. Y luego vino la ovación por la que empecé esta crónica y que es objeto del título.

Demás está decir que la memoria no me alcanza para recordar a todos los conocidos presentes (conocidos míos, porque los amigos de Lucho formaban legión). Compañeros de colegio, profesores, personas ligadas al teatro, profesionales, parientes y un largo y nutrido etcétera que se extendía por fuera del auditorio.

Bueno. Ya Peirano debe estar en otra cosa. Por lo pronto esta noche tiene pre-estreno. Y mañana sábado estreno y después…

Pero estoy seguro que aunque pase a mil cosas distintas, nunca va a poder olvidarse de ése aplauso sostenido y cariñoso, dado por primera vez no a un montaje del cual él es responsable, sino un aplauso a su vida toda, a su esfuerzo por construirla y a lo logrado en el camino.