FOTÓGRAFOS AMBULANTES


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Escribe en el blog mi amigo CP11, rindiendo un homenaje de recuerdo al fotógrafo ambulante. Y lo merece.

Lo merece no sólo por lo que ha significado a lo largo del tiempo, sino que su anonimato alegraba las tardes de los sábados y los domingos al ofrecer a los paseantes un recuerdo del instante vivido, del lugar visitado o de la enamorada o enamorado con quien se juraba amor eterno. 

Le respondí a su correo personal, contándole que hace mucho tiempo, allá por 1973, cuando escribía cuentos para “Correo”, publiqué uno que se llamaba “El hombre de la máquina” y que debe estar en uno de los muchos fólderes que desordenadamente componen mi archivo entre comillas. Prometí buscarlo y no lo encuentro aún, como tampoco ninguno escrito en ésa época. Pero eso no quiere decir que no me aúne de inmediato a este homenaje memorioso. 

El fotógrafo ambulante, tal como lo conocimos, es una especie extinguida por lo menos en la capital. Es cierto que debe quedar alguno que con su cámara de cajón montada sobre un trípode hace posar a domingueros para la posteridad. Seguramente en provincias también los habrá.

La magia de la fotografía no es fácil de desterrar, cuando uno ve su imagen en un cartón brillante y en blanco y negro. Las máquinas Polaroid en un momento trataron de arrinconar a la fotografía “normal”, la que requería de un revelado que el ambulante efectuaba en el mismo lugar, tomándose el tiempo necesario y alargando la curiosidad. La “polas”  eran instantáneas; al principio en blanco y negro y después en color. Pero resultaban caras y con el tiempo se iban desvaneciendo.  

Hoy cualquiera tiene una cámara digital o un celular que toma fotografías.Es cierto que el placer de la instantaneidad impresa como recuerdo en el momento no existe, pero se pueden ver las fotos de inmediato. Se pueden borrar y volver a tomar.

¿Cuánto cuesta eso?  Nada. Y así los paseos se llenan de cámaras y fotógrafos aficionados que repiten hasta el infinito las caras y gestos de la diversión, que después sólo podremos ver, si nos las envían por correo electrónico, en una computadora o si las “queman” en un disco compacto que podremos ver…¡en una computadora!. 

Claro que se pueden imprimir y podemos ir a un establecimiento especializado, que los hay muchísimos, para que nos las entreguen brillantes en papel, con corrección de colores y los detalles mil que queramos arreglar o modificar. Tdo cuesta. No mucho, pero cuesta.  

Y la magia es distinta. Porque una cosa es ver a un mago moderno  hacer desaparecer un tren frente a un auditorio atónito en TV y otra ser testigos del mago funámbulo que en un teatro corta en dos a su asistente metida en una caja, o la hace desaparecer insertando espadas en el lugar donde se suponía que estaba. La magia ahora es tecnológica y se ha vulgarizado. Todos pueden tomar una foto.

Pero nuestro fotógrafo ambulante fotografiaba, retocaba a veces, revelaba y copiaba todo en un mismo lugar. En el mismo lugar donde la foto perennizaba el momento. 

En mi cuento, el fotógrafo viaja a Arequipa y se instala en el parque Duhamel; de allí lo botan otros fotógrafos que no quieren competencia afuerina. Regresa a Lima y se  da cuenta que algo le pasa en la vista.         Un oculista se lo explica diciéndole que tiene cataratas y que eso es como si la lente de una cámara fotográfica se empañara y oscureciera… 

Claro, en ésa época una operación de catarata era riesgosa y sólo el Dr. Barraquer en Colombia se especializaba. No existían las lentes intraoculares y la vida vista a través de anteojos con lunas de inmenso aumento no era muy hermosa de seguro. 

Hasta ahora tengo, un poco desvaída es cierto, una foto de Alicia María, mi hija mayor cuando era chiquita, con su blusa a cuadros, subida en un caballito de utilería en la Plaza de Armas de Chosica, durante una tarde de paseo con juegos mecánicos pobretones pero emocionantes.                    Hablo de el año 75  más o menos.  

Y conservo también fotos de mi hermano Pancho, de mi padre y de mi madre, tomadas por fotógrafos al paso, en el viejo centro de Lima allá por los años cincuenta. Fotografías que eran entregadas en casa, porque el fotógrafo, una vez tomada la instantánea, se acercaba pidiendo la dirección para hacer la entrega por sumas que nunca pasaban los diez soles por unidad. Y ahí están, desafiando al tiempo, en blanco y negro, deteniendo la vida de ésas tres personas que ya no están más que en la memoria. 

Sí. Se podría decir mucho de la fotografía y sus cambios. Las grandes cámaras han ido desapareciendo con las complicaciones de ASA y DIN, normas americana y alemana de sensibilidad; con las distancias, las aperturas de foco…

Primero fueron las famosas Brownie de Kodak y luego se convirtieron en legión de marcas, hasta llegar a las cámaras desechables. Hoy la fotografía digital no sólo ha puesto la fotografía al alcance de todos, sino que la ha desacralizado y también, porqué no, banalizado. 

Gracias CP11 por sugerirme este post. 

Quiero pedir disculpas finalmente porque no he cumplido con escribir cada día últimamente. Sucede que mi laptop desde la que escribía y a la que hacía mi cómplice de trabajos, clases y presentaciones, decidió, como dicen en Colombia, “sacar la mano”, es decir colapsó. Ahora está en manos del técnico, mi buen amigo Luis Mayurí, a quien recomiendo fervientemente; yo escribo desde la computadora de casa que comparto con mi hija, mi esposa y mi nieta.  A saltos no importa, pero aquí estamos.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

2 comentarios en “FOTÓGRAFOS AMBULANTES”

  1. Saludos señor Manoloprofe. Mis felicitaciones por su blog, al cual he llegado de manera casual. Al leer su artículo sobre el fotógrafo ambulante, he recordado que una persona dedicada a esa labor, hizo que un jugador sea separado de una selección nacional de fútbol. Ello ocurrió en 1965, año en que Perú buscaba su clasificación al Mundial de Inglaterra. El sancionado fue el recordado Victor “Pitín” Zegarra, que al día siguiente de un partido que nuestro representativo perdió 0-1 ante Uruguay aquí en Lima, fue sorprendido por un fotógrafo callejero en una picantería en el distrito de La Victoria, en la que estaba en una mesa con un grupo de amigos, y en ella habían varias botellas de cerveza, llenas y vacías. Al reconocer que en ese grupo estaba el futbolista y sin que se percaten, les tomó una foto y luego fue a ofrecérsela a los diarios que en esa época existían en Lima. Solo uno llegó a comprársela, y la puso en su portada. Al ver esa publicación, los dirigentes de la Federación Peruana de Fútbol decidieron separarlo del seleccionado , por considerarlo “indigno” de vestir la casaquilla peruana. Gracias por su atención.

  2. ¡Gracias Carlos por leer! Qué bueno que algo que escribí, te sirviera para recordar… Parece que la selección de fútbol ha empezado una nueva y positiva historia. ¡Abrazo! 🙂

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