CREER.


3725635280.jpg Ayer mi hija que vive en Argentina estuvo comentándole a su mamá sobre la noticia del gnomo aparecido por ésas tierras. No entendí bien, pero parece que lo habían fotografiado, pero éste documento era poco claro. Hoy, en uno de los sitios a los que estoy suscrito en Internet, del que me envían información sobre hoaxes y rumores, llega la noticia del desenmascaramiento del suceso.

Mi amigo Fernando Obregón pone un post en su siempre entretenido e informativo PosPost, sobre la noticia propalada por un canal de TV limeño, acerca de apariciones de OVNIS, noticia que había dado la vuelta en Internet allá por el 2006, demostrándose como falsa y existiendo incluso una explicación de cómo se hizo.

Creemos en duendes, creemos en el cuco, en los pishtacos y en las vírgenes que lloran;  creemos en los viajes interplanetarios de ciertos iluminados, en ciudades submarinas y en miles de cosas más.

Creemos porque nos lo contaron, porque alguien lo vio, o porque lo hemos leído en una fuente impecable.

Creemos porque queremos creer. De ése modo nuestra chata realidad se embellece y se puebla de misterio. 

Es cierto que existen fenómenos que no tienen explicación y que desafían normalmente las reglas conocidas. Pero no sólo son pocos, sino que muchas veces, con el paso del tiempo se van descubriendo las claves y los misterios dejan de serlo para formar parte de la vida diaria.

Pero sin embargo el hombre cree, porque necesita hacerlo. Porque esas piezas del rompecabezas que no encajan son las que hacen más atractivo al juego. Y así, desde el principio de los tiempos hemos tratado de explicar lo natural con lo sobrenatural.

El rayo fue Tor, un dios. Y los caballos de los dioses galopaban por el cielo cuando el trueno resonaba sobre los campos o las incipientes ciudades. Los dioses, grandes o pequeños, amigos o enemigos, domésticos o extraños. Supra humanos, con el poder de realizar lo humanamente irrealizable.

El hombre cree y ahora Internet es una fuente soñada de historias. Atrás quedan los libros y los cuentos al amor de la lumbre. hora las famosas leyendas urbanas invaden nuestra vida narrándonos los casos más insólitos, confiando en que el asunto nos parecerá tan raro, tan extraordinario o tan curioso, que no podremos resistir a la tentación y copiaremos a nuestros amigos y conocidos, los cuales lo harán a su vez y así hasta un cercano infinito.

Lo que antes eran cuentos de viejas, es ahora material para Internet. La tecnología nos sirve de vehículo para montar sobre ella nuestros miedos atávicos, nuestras creencias secretas y lograr lo que nunca soñó en difusión un Bram Stoker con su Drácula, ni un H.G.Wells con su Guerra de los mundos.

La tecnología permite al hombre llegar donde antes era imposible. Llega a las estrellas, al interior del cuerpo y a mundos que se miden en nanos por su infinitesimal pequeñez.

La ciencia es otra historia. A la que el lego tiene que creer.