LEER.


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A leer me enseñaron mi  madre con paciencia,  kindergarten con el  abecedario y mi padre con su ejemplo.

Aprendí a leer como quien respira, naturalmente, en una casa donde los libros eran algo lógico y formaban parte de la vida diaria.

Siempre tuve “mis” libros, lo que supuso un escalar de complejidad e historias de leyendo  lo que se suponía que debía leer de acuerdo con  mi edad. Tal vez por éso no sentí mayor curiosidad por aquellos libros que guardaban los estantes de mi padre, salvo rarísimas incursiones en diccionarios religiosos con el fin de hacer una tarea encomendada en el colegio.

Mis libros eran míos y así descubrí a Salgari, Verne y tantos otros nombres que estoy seguro hoy no significan nada para un lector, por más niño que sea. Tiempo después llegaron las aventuras de Tintín, el muchacho que se metía en líos y resolvía problemas, magistralmente dibujado por Hergé. He recomprado hace algún tiempo muchos de los títulos y me he dado cuenta que la rigurosidad documental achacada al célebre dibujante belga se va al tacho cuando en una historia muestra al puerto del Callao con montañas nevadas de fondo, casitas serranas con techos a dos aguas, llamas paseando por las calles y personajes “criollos”  con un aire más bien tropical.

También navegué en balsa con Tom Sawyer de la mano de Mark Twain y echado en una colchoneta en la terraza de abajo, en casa, leí “El chico de las dunas”, con tapas duras y una cita de San Agustín pegada en la parte de atrás.

Este último es un recuerdo que me persigue, pues también lo menciono en una de mis primeras historias,  “Barranco tiempo de amar”, publicada en Correo. 

Después comencé a leer las novelas policiales que compraba mi hermano. La colección Rastros fue una escuela de detectivismo para mi, lo mismo que la serie de Mister Reeder. Las unas, en libros pequeñitos y las otras  más grandes,  del tamaño de lo que hoy es la revista Caretas, más o menos.

Leí por supuesto las historias de Sherlock Holmes, a Rider Haggard y Karl May, que resultó ser un alemán que escribía sobre el oeste americano. Todavía conservo un ejemplar de “El tesoro del lago de plata” encuadernado con tapas duras de color rojo.

Aprendí a leer y no paré nunca. Mi peor época sin duda fue cuando hace unos años quedé totalmente ciego por un infarto cerebral. ¡No podría leer tal vez nunca más!

Gracias a Dios las neuronas de la visión que se murieron por falta de irrigación sanguínea, fueron reemplazadas por unas despistadas pero amables neuronas que sin saber bien lo que hacían, estoy seguro, me devolvieron parte de la vista. Maravilloso cerebro que busca reparar sus problemas.

Un día encontré que Fernando Savater, mi contemporáneo y notable filósofo español, tenía un librito maravilloso llamado “La infancia recuperada” donde pude comprobar que habíamos leído casi los mismos libros editados por las mismas editoriales cuando éramos jóvenes. Él en la España franquista y yo como alumno de jesuitas españoles, muchas veces franquistas,  venidos a este lado del mundo.

Gracias a la lectura pude viajar a través de las páginas de los libros, imaginándome Mompracem, África, la India y gran parte de Europa. Recorrí las estepas rusas, versta tras versta,  perseguido por lobos y exploré el río Congo, internándome en selvas impenetrables y mitológicas con Tarzán, al que conocí primero en novela antes que en historietas.

Y claro, leí “chistes” como les llamábamos a las revistas que en España aún llaman tebeos. Chistes que comprábamos con mi madre en la avenida Grau de Barranco, en una zapatería que quedaba al lado de la librería Minerva, donde conocí a doña Anita Chiappe, viuda del gran Amauta. Comprábamos los chistes uno a uno, a la dueña,  una morenita ya madura que seguramente ayudaba a su negocio con ésas pequeñas ventas, porque al frente, una cuadra más allá,  quedaba la tienda Rímac (que después fue Bata-Rímac, para terminar siendo solamente Bata) que debía hacerle injusta competencia.

Así conocí a la Zorra y El Cuervo, Tobi y la Pequeña Lulú, Tom & Jerry, Periquita, El Pájaro Loco, al Oso Barney, al Pato Donald, El Halcón Negro, El Capitán Marvel, Superman y tantos otros. Mucho más para ver que para leer por cierto, pero para un niño que descubría el mundo estaba bien.

La lectura me ha servido no sólo de barco, avión, cohete, rickshaw o automóvil, sino que me ha acompañado siempre.  Un libro conmigo, para ocupar los ratos muertos y las inevitables esperas en una sociedad impuntual. Dos o tres en mi mesa de noche para leer antes de dormir y al despertar. Un libro o más sobre mi escritorio para leer, encontrar una cita o referencia. Libros en mi escritorio, desordenados, al alcance de la curiosidad y la relectura (placer de dioses si el libro es bueno).

Libros por todas partes en mi vida, dándome la posibilidad de conectarme con inteligencias que tal vez desaparecieron, pero dejaron historias y pensamiento para quienes como yo, miles de millones en el mundo, los busquen a través del tiempo y el espacio.

Leer, lo confieso, es mi vicio nada secreto. Las librerías son mi perdición y puedo pasar horas hojeando tomos para finalmente llevarme no menos de dos.

Ahora no puedo, porque la economía no es propicia, pero hasta hace un tiempo los sábados salía generalmente de “El Virrey” con cuatro o cinco libros. Libros que eran consumidos y marcados con subrayados o citas, para dejar lugar a los de la semana siguiente.

Y éso son los libros. También están los diarios, las revistas y ahora desde hace un tiempo, Internet. Cuando no tengo algo para leer, cosa muy rara, me angustio. Me falta algo.

Por éso me da poena constatar que mis alumnos leen poco. No saben lo que se están perdiendo. La cultura de la imagen hace que la lectura pierda importancia. Es cierto que las imágenes hablan por sí solas muchas veces, pero no hay nada igual que la palabra escrita cuando describe Homero la furia de sus héroes, Vallejo nos cuenta de la cena pascual o sentimos la metralla y el olor a muerte que en Territorio Comanche nos describe Pérez Reverte.

Leer es una bendición y una maldición. Lo que sucede es que hay mucho por leer en éste mundo. Y el tiempo es corto.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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