EL MAR.


Un amigo me escribe porque vio mi blog. Comenta que la fotografía que puse en la cabecera bien podría ser del lago Titicaca en la parte boliviana. Podría ser. Es tan grande el lago y no conozco precisamente ésa zona pero me cuenta él que habiendo vivido en Bolivia por varios años, le parece.

Bueno, yo mientras no se demuestre fehacientemente lo contrario, seguiré pensando que es el mar lo que en la fotografía se ve. Porque a mi el mar, como creo que a todos, me produce una sensación extraña y especial.

Estoy acostumbrado a él porque vivo en Lima, cuya costa está bañada por ése océano equivocadamente llamado Pacífico por los españoles. El mar, la mar. La mar océana. El océano Pacífico.

La palabra mar es mucho más doméstica. Mar era el Egeo griego, es el Mar de las Antillas de nuestras historias de piratas y el mar de los sargazos, donde los barcos de vela quedaban atrapados en las algas. El mare nostrum de los romanos y el Mar de las Sirtes de la novela que en 1951 ganó el premio Goncourt y que su autor, el francés Julien Gracq (seudónimo de Luis Poirier) rechazó creando un escándalo.

El Pacífico, el Atlántico, el Índico, el Ártico y el Antártico son nombres que usamos para llamar a ése río gigantesco que griegos y romanos pensaban que circundaba la tierra. Río que era un dios llamado Océano.

En el océano navegan barcos y esperanzas. El mar llega hasta nuestras playas a mojarnos los pies y destruye castillos de arena que construimos soñando.

playa-con-club-regatas.jpgÉse mar doméstico que viene de ser océano impetuoso a pesar de su nombre, para convertirse en olas que sobrevuelan las gaviotas al atardecer. Mar del que no puedo prescindir. Por hermosas que sean las ciudades mediterráneas, finalmente terminan ahogándome con su falta de horizonte y su carencia de aguas inabarcables. Porque aunque sea casero, nuestro mar se proyecta más allá de donde el sol se pone.

Recuerdo el mar de Pacasmayo que corría entre las rocas sembradas de lapas persiguiendo a ése chico feliz que era yo en alguna vacación norteña donde conocí la refrigeradora a kerosene y el negro aparato de radio Zenith Transoceánico.

El mar amigo de Agua Dulce, donde las carpas a rayas se levantaban para que los bañistas se cambiaran y proteger del sol a los mayores. O el de los Baños de Barranco, que iba y venía manso debajo de la estructura de madera por donde paseaban las parejas y los muchachos exhibicionistas se tiraban desde barandas pintadas de verde. Ése mar al que entrabas caminando sobre piedras y agarrado a una soga para no resbalar.

O después el mar de La Herradura, testigo de amoríos adolescentes y veraniegos y espectador de

playa-de-la-herradura.jpg

borracheras inocentes en el malecón, sin plata suficiente para quedarnos en “El Suizo”.

El mar de mi ciudad es muchos mares. Desde los populares de Conchán y Pucusana, hasta los que ahora mueren en las playas exclusivas que genéricamente tienen nombre de continente. Sin embargo esos están lejos y precisan de casa en el lugar o excursión.

El mar que respiramos cuando nos damos cuenta en ésta Lima es otra cosa. Es ése mar que tiene sus leyendas como el Salto del Fraile o moja a los socios del club Regatas Lima. Porque La Punta tiene también su mar y su Regatas. Pero distintos, con apellidos de sonido italiano y pulperías de similar origen.

Está el mar del Callao, metido ahí en el puerto, donde la dársena acuna aguas cubiertas de una película de aceite que se mecen tranquilas con el soplo del viento. Mar para no bañarse sino para ir en lancha y pasear la bahía en un domingo ocioso y casi provinciano.

Muchos mares el mar éste de Lima. Mar que se extraña si falta por un tiempo. Mar donde de modo insólito arroja desperdicios una ciudad que parece darle esquiva la espalda, convirtiéndolo en una letrina gigantesca de la que nadie se hace cargo.

El mar llega a la playa para mojar mis pies y recordarme que a pesar de los años sigue haciéndome falta y que en las noches silenciosas sigue “roncando”como lo hacía allá, pasando la quebrada, en mi casa barranquina de la calle Ayacucho, número 263.

Publicado por

manoloprofe

Comunicador y publicista desde 1969. Profesor universitario desde 1985. Analista y comunicador político desde 1990.

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