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Una vez más, el mandatario demuestra su incapacidad de tolerar el rechazo, la frustración y la consecuente agresión (tan inaceptables como las suyas cuando ofende a los dirigentes, en la serie de agravios sintetizados en la filosofía del perro del hortelano). De inmediato recurre a desviar esa rabia hacia “blancos” elegidos. En este caso las ONG, que en su imaginario son unos lounges donde se concentran los pitucos para repartirse los fajos de dólares venidos del exterior. El Presidente no puede evitar tener los fantasmas que su historia personal engendre. Lo que sí puede y debe hacer es ser responsable y cuidadoso en sus presentaciones públicas. Fomentar el racismo inverso es una práctica tóxica que alimenta una espiral de violencia contenida, en donde se amalgaman injurias narcisísticas históricas. Es exactamente lo que un líder responsable debe evitar a toda costa. Cuando John McCain pronuncia su discurso de aceptación de derrota electoral, dio una lección extraordinaria de dignidad y respeto por la institucionalidad democrática. En vez de decirles a sus partidarios lo que esperaban escuchar, a saber que Obama ganó porque tenía más dinero o porque era negro, o cualquier pretexto para rebajar la victoria de su oponente (y de paso al oponente), celebró la contundencia de la expresión popular y, acallando las pifias de su público, aplaudió la conquista del poder que su rival había conseguido, marcando un hito en la Historia de su país, signada por la segregación. Fue un discurso a contrapelo de la expectativa de la masa –asumiendo en su persona todo el costo del fracaso- y por eso fue valiente y verdadero.
La lección de McCain es lo que García no quiere entender.
Si la masa lo rechaza, sus razones tendrá. Es muy grave manipularla a cualquier precio, recurriendo a los expedientes más radicalmente primitivos, como el racismo o la xenofobia. El odio al otro es una de las peores lacras de nuestra sociedad. Atizarlo es profundamente irresponsable y peligroso. Pero el Presidente vive continuamente amenazado por la sombra de la pérdida, ya sea del amor o del temor. La experiencia de Acho puede haber sido muy regresiva para el jefe del Apra. Debe haber sentido que se estaba poniendo en escena, en un ámbito en donde la muerte ronda, su angustia de castración más letal. Entonces agitó el espectro de sus rancios temores infantiles: esos blanquitos que se quedan con la plata, las chicas más lindas, los mejores sitios en los toros, el trato privilegiado, qué se yo. Y los lanzó al coso para que los leones –o las ratas, en su zoología fantástica- los despedacen, bajando el pulgar imperial.
Ya estábamos advertidos: le interesa un pepino el desarrollo mental de los peruanos. Por el contrario, lo desprecia. Esta intervención retrógrada es una más en una larga lista que comienza con la propuesta de pena de muerte. Pero faltaba un discurso racista y hemos tenido uno de antología, de esos que marcan la estirpe de un régimen. Ahora que Alan García ha presentado su plan anticrisis, vamos a tener que preparar el nuestro: ese que nos proteja -nos blinde, si se quiere- de la crisis afectiva del Presidente de la República.
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