
El taxi lo tomé cerca de casa para que me llevara a la Universidad.
La conversación fue tejiéndose alrededor de la constatación de que los valores se iban perdiendo con el tiempo. Poco a poco, el taxista contó que su hijo quería estudiar publicidad y que se preparaba en una academia para ingresar a seguir la carrera.
Fui preguntando, con tacto, porque siempre me resulta interesante cuando sé de algún joven que quiere entrar al mundo publicitario. Tal vez sea porque ése fue mi camino y hace cuarenta años que lo recorro, encontrando novedades a la vez que lugares conocidos.
Tal vez porque desde 1985 trato de decir lo que sé en clases a alumnos que buscan ser profesionales en publicidad.
O tal vez sea porque a los 62 años creo que algo aprendí y me gustaría ahorrar trabajo a quienes estén interesados; trabajo que yo tuve que realizar porque nadie me advirtió de atajos existentes, trampas ocultas o huecos disimulados.
El hecho es que el hijo de mi taxista quería estudiar publicidad. Fue entonces cuando le di mi tarjeta y le dije que si quería y le parecía bien, podría conversar con su hijo para contarle un poco sobre el tema.
Agradeció y al poco tiempo estábamos hablando por teléfono y concertando una cita para el lunes a las tres y media de la tarde. Hoy, exacto como un reloj, llegó con su hijo; me dijo que habían conversado y que le había parecido bueno reunirnos. Entonces le pregunté almuchacho por qué quería estudiar y trabajar después en publicidad. Me miró desafiante y desconcertado y respondió que éso era lo que le gustaba, porque tenía muchas ideas.
Es decir, lo de siempre. Lo que quien está expuesto a la publicidad y a sus efectos, piensa: que es cosa de imaginación, de ideas inteligentes y originalidad.
Entonces empecé con las fificultades; desmitifiqué un poco el glamour de los modelos, puse en su nivel a la fantasía y expliqué que la poublicidad era muy bonita, sí, pero llena de riesgos y azares. Le conté a mi nuevo amigo que todo lo que veía en la pantalla y en los medios en general, suponía un gran esfuerzo y la inversión de mucho tiempo. Que se requería de cultura para ejercer la carrera de publicitario, porque nadie puede comunicar lo que desconoce y para conocer hay que leer, estudiar, comparar, analizar y recién entonces atreverse a opinar frente a un público masivo, tratando de convencerlo de algo.
Le conté de mi tránsito por la comunicación política, por el teatro y por tantas otras áreas que fueron dejando en mí capas como los sedimentos de un terreno. Capas que fueron soldándose y construyendo mucho de lo que soy en éste momento.
Traté, no de disuadirlo, pero sí de pintarle la cosa con tonos más bien oscuros. Pero su tozudez terminó venciéndome. Simplemente quería.
Y entonces me acordé que yo también quise. Y busqué la forma de llegar. Y me colé por la puerta que Tato Gómez de la Torre entreabrió para mí en McCann Erickson. ¿Qué más le iba a decir?
Les pedí que visitaran a una persona que podía darles datos certeros sobre los estudios. A la hora recibía una llamada a mi celular que me contaba que ya tenían la información y que ahora era cosa de cumplir. Que me agradecían y que pensaban que Dios había hecho que nos encontremos. Y entonces pensé que a Dios tiene que gustarle la publicidad; sobre todo si está bien hecha y es bella.