Sí. A veces me dan ganas de dejar las cosas como están y que otro siga.
Dan ganas de quedarse en la cama, haraganeando o quedarse a leer interminablemente ésos libros con los que tenemos déuda y que están esperándonos desde hace tanto tiempo. Esos libros que cuando los leemos, los creen nuevos y no depositarios del polvo.
Dan ganas de no hablar. No contestar el teléfono ni pedir nada. Ganas de estar callados, escuchando.
A veces me dan ganas de ver mejor; de poder fijar las figuras borrosas que sólo se enfocan de cerca y con atención. Me dan ganas de ver paisajes cuando camino y no realidades acuosas. Tengo ganas de ver las caras de lejos y no necesitar que me hablen para reconocer ya inevitables a las personas.
A veces tengo ganas de volver a Barranco, a los años cincuenta, a las terrazas de una casa grande y llena de escondrijos; a la espera de la serial del Zorro Iglesias en la radio, sentado en el suelo de la salita. Ganas de jugar con mis amigos: el Chino, Lucho, Carlos, el gordo Pedro Alfonso que vendría desde su casa en la plazuela de San Francisco.
Tengo ganas de ir en bicicleta recorriendo las calles ya sabidas, esquivando tranvías y visitando barrios fronterizos llenos de risas frescas y chicas por conocer.
A veces, como hoy, cuando es inverno y no llega a llover sino garúa; palabra extraña que humedece y empaña los anteojos haciéndonos creer que veremos mejor si los limpamos.
A veces dan ganas de conversar con los que ya se fueron; con aquellos con quienes por el tiempo corto y las innumerables ocupaciones respectivas nunca pudimos hacerlo como hubiéramos querido.
A veces dan ganas de gritar.
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